lunes, 8 de enero de 2024

Percy Jackson y el mar de los mounstros capítulo 3

 LLAMAMOS AL TAXI DEL TORMENTO ETERNO Annabeth nos estaba esperando en un callejón por la calle Church. Sacó a Tyson y mí de la acera, justo cuando un camión de bomberos iba para la Prepa Meriwether. "¿Dónde lo encontraste?"-Preguntó ella, señalando a Tyson. Ahora, en circunstancias diferentes, yo habría sido realmente feliz de verla. Hicimos nuestra paz el verano pasado, a pesar del hecho que su mamá era Atenea y no se llevaba con mi papá. He echado de menos a Annabeth probablemente más que quisiera admitir. Pero yo había sido atacado por los gigantes caníbales, Tyson había salvado mi vida tres o cuatro veces, y todo lo que Annabeth podía hacer era actuar como si él fuera el problema. "Él es mi amigo", le dije. ‖¿Está sin hogar?" "¿Qué tiene eso que ver con nada? Oye, el puede oírte sabes. ¿Por qué no le preguntas a él?" Me miró sorprendido. "¿Él puede hablar?" "Hablo", dijo Tyson admitió. "Tú eres bonita". "¡Ah, bruto!" Annabeth se apartó de él. Yo no podía creer que estaba siendo tan grosera.  Examine las manos de Tyson, estaba seguro de que deben de haber sido gravemente quemadas por esquivar balas ardiente, pero se veía bien-sucio y lleno de cicatrices, con uñas sucias el tamaño de las papas fritas, pero siempre se veían así. "Tyson", dije con incredulidad. "Tus manos no están ni siquiera quemadas." "Por supuesto que no", Annabeth murmuró. "Me sorprende que la Laistrygonians haya tenido las agallas para atacarte con él alrededor." Tyson parecía fascinado por el pelo rubio Annabeth. Trató de tocarlo, pero ella le golpeó la mano. "Annabeth," dije, "¿De qué estás hablando? Laistry ¿qué?" "Laistrygonians. Los monstruos en el gimnasio. Son una raza de caníbales gigantes que viven en el extremo norte. Odiseo se encontró con una vez, pero nunca he visto uno tan al sur como Nueva York antes". "Laistry-ni siquiera puedo decir eso. ¿Qué le llaman en Inglés?" Lo pensó por un momento. "Canadienses", decidió. "Ahora vamos, tenemos que salir de aquí". "La policía estará detrás de mí". "Ese es el menor de nuestros problemas", dijo. "¿Has tenido los sueños?" "Los sueños... ¿sobre Grover?" Su rostro se puso pálido. "Grover? No, ¿qué hay con Grover?" Le dije mi sueño. "¿Por qué? ¿Qué estabas soñando?" Sus ojos parecían de tormenta, al igual que su mente estaba compitiendo con un león millones de millas por hora. "Campamento", dijo al fin. "Grandes problemas en el campo". "Mi mamá estaba diciendo la misma cosa! Pero, ¿qué tipo de problemas?" "No sé exactamente. Algo anda mal. Tenemos que llegar de inmediato. Monstruos me han estado siguiendo todo el camino desde Virginia, tratando de detenerme. ¿Han tenido ustedes una gran cantidad de ataques?" Sacudí la cabeza. "No en todo el año... hasta hoy." ‖¿Ninguno? ¿Pero cómo... "Sus ojos se dirigieron a Tyson. "Oh". "¿Qué quiere decir, 'oh'?" 

Tyson levantó la mano como si estuviera todavía en la clase. "Los canadienses en el gimnasio llamaron algo a Percy... Hijo del Dios del Mar?" Annabeth y yo intercambiamos miradas. Yo no sabía cómo podía explicar, pero pensé que Tyson merecía la verdad, después de que casi lo mataran. "Grandote", le dije: "¿Has oído alguna vez las viejas historias sobre los dioses griegos? Como Zeus, Poseidón, Atenea" "Sí", dijo Tyson. "Bueno... los dioses siguen con vida. Ellos siguen en torno a la civilización occidental, viven en los países más fuertes, así como ahora están en los EE.UU. Y, a veces tienen hijos con los mortales. Niños llamados mestizos". "Sí", dijo Tyson, como todavía estaba esperando a que yo llegue al punto. "Ah, bueno, Annabeth y yo somos mestizos", dije. "Somos como los héroes... en entrenamiento. Y cada vez que los monstruos recogen nuestro olor, nos atacan. Eso es lo que los gigantes en el gimnasio son. Monstruos". "Sí".  Me quedé mirándolo. No pareció sorprendido o confundido por lo que le estaba diciendo, lo que sorprendió y me confundió. "Así que... me crees?" Tyson asintió. "Pero tú eres... el Hijo del Dios del Mar?" "Sí", admití. "Mi padre es Poseidón." Tyson frunció el ceño. Ahora parecía confundido. "Pero entonces...‖ Una sirena sonó. Un coche de policía corrió por nuestro callejón. "No tengo tiempo para esto", Annabeth dijo. "Vamos a hablar en el taxi." "¿Un taxi todo el camino hasta el campamento?" -Dije. "Sabes cuánto dinero es-" 

"Confía en mí." Dudé. "¿Qué pasa con Tyson?" FORO ALISHEA DREAMS Me imaginaba acompañado a mi amigo gigante en el Campamento Mestizo. Si él se asustó en un patio regular con regulares agresores, ¿cómo iba a actuar en un campo de entrenamiento para los semidioses? Por otra parte, la policía estaría buscando por nosotros. "No podemos salir dejarlo", pensé. "Va a estar en problemas, también."  "Sí". Annabeth parecía sombría. "Definitivamente necesitamos llevarlo. Ahora, vamos." No me gustó la forma en que dijo eso, como si Tyson fuera una enfermedad grande que teníamos que llevar al hospital, pero yo la seguí por el callejón. Juntos, los tres de nosotros a hurtadillas a través de las calles laterales del centro de la ciudad, mientras que una enorme columna de humo se elevaba detrás de nosotros, del gimnasio de la escuela. * * * "Aquí" Annabeth nos detuvo en la esquina de Tomás y Trimble. Ella se dio la vuelta en su mochila. "Espero tener una más". Se veía aún peor de lo que me había dado cuenta al principio. Su barbilla se cortó. Ramas y pasto se enredan en la cola de caballo, como si hubiera dormido varias noches a la intemperie. Las barras en el ruedo de sus pantalones parecían sospechosamente a marcas de garras. "¿Qué estás buscando?", Le pregunté. A nuestro alrededor, las sirenas sonaron. Pensé que no pasaría mucho tiempo antes de que aparecieran más policías, en busca de un delincuente juvenil gimnasio-bombarderos. No cabe duda de Matt Sloan les había dado una declaración. Probablemente había torcido la historia en torno a que Tyson y yo éramos los caníbales sedientos de sangre. "He encontrado uno. Gracias a los dioses". Annabeth sacó una moneda de oro que reconocí como una dracma, la moneda del Monte Olimpo. Tenía a Zeus estampado en un lado y el Empire State Building en el otro. 

"Annabeth," le dije, "los taxistas de Nueva York no aceptaran eso". "Stêthi", gritó en griego antiguo. "Ô harma diabolês!" Como de costumbre, en el momento en que hablaba en la lengua del Olimpo, de alguna manera lo entendía. Ella había dicho: parada, carro de Maldición. Eso no ayudaba precisamente a que me sintiera muy emocionado por lo que su plan era. Ella echó la moneda en la calle, pero en vez de caer en el asfalto, la dracma se hundió a través, y desapareció. Por un momento, no pasó nada. Entonces, justo cuando la moneda había caído, el asfalto a oscuras. Se fundió en una piscina rectangular del tamaño de una plaza de aparcamiento-burbujeante líquido rojo como la sangre. Entonces apareció un coche desde el fango. Fue un taxi, bien, pero a diferencia de cualquier otro taxi en Nueva York, no era amarillo. Era gris ahumado. Quiero decir que parecía que estaba tejida de humo, como si se pudiera caminar a través de él. Hubo palabras impresas en la puerta, algo como Gyár SSIRES, pero mi dislexia hizo difícil para mí, descifrar lo que decía. La ventana de pasajeros bajó, y una anciana asomó la cabeza. Tenía una mata de pelo gris que cubria sus ojos, y habló de una manera extraña murmurando, como si acabara de una inyección de novocaína."Pasaje? Pasaje?" "Tres al campamento mestizo", Annabeth dijo. Abrió la puerta trasera de la cabina y nos hizo señas para entrar, como si todo esto fuera completamente normal. ―¡Ay!" la vieja gritó. "No llevamos su especie!" Ella señaló con el dedo huesudo a Tyson. ¿Qué era? ¿El día de recoger a grandes y feos niños? "Extra pago", Annabeth prometido. "Tres dracma más a la llegada." "Hecho!" -gritó la mujer. 

A regañadientes me metí en la cabina. Tyson se apretó en el medio. Annabeth se arrastró de último. El interior también se llena de humo gris, pero se sentía lo suficientemente sólida. El asiento estaba roto y abultadas-no se diferenciaba de la mayoría de los taxis. No había pantalla de plexiglás que nos separa de la conductora vieja... Espera un minuto. No fue sólo una anciana. Hubo tres, todas hacinadas en el asiento delantero, cada uno con el pelo fibrosa que cubria sus ojos, las manos huesudas, y un vestido de color carbón cilicio. ¡El que conduce dijo, " Long Island! ¡Prima de tarifa de metro! ¡¡Ajá!!  Apretó el acelerador, y mi cabeza se estrelló contra el respaldo. Una voz pregrabada vino a través del altavoz: Hola, este es Ganímedes, el copero de Zeus, y cuando estoy fuera comprar vino para el Señor de los Cielos, siempre con el cinturón de seguridad! Miré hacia abajo y encontró una cadena grande y negra en lugar de un cinturón de seguridad. Decidí que no estaba tan desesperado... todavía. El taxi aceleró en la vuelta de la esquina de West Broadway, y la dama gris, sentada en el medio gritó, "¡Cuidado! Ve a la izquierda!" "Bueno, si me diera el ojo, Tempestad, pude haber visto eso!" la conductora se quejó. Espera un minuto.¿ Dale el ojo? No tuve tiempo de hacer preguntas porque el conductor se desvió para evitar un camión de reparto de frente, pasó por encima de la acera con un golpe que agita mandíbula, y voló en el bloque siguiente. "Avispa" la tercera mujer dijo al conductor. "Dame la moneda de la muchacha! Quiero morderla." "Tu mordiste la última vez, la Ira!" , dijo La conductora, cuyo nombre debe haber sido Avispa. "Es mi turno!" "No lo es!" -gritó la llamada Ira. La del medio, Tempestad, gritó: "¡Luz roja!" "¡Frena!" -gritó Ira. 

En cambio, Avispa piso el acelerador y subió a la acera, chillando en torno a otra esquina, y derribó una casilla de periódico. Ella dejo mi estómago en algún lugar en la calle Broome. "Disculpe‖, le dije. ―Pero... ¿puedes ver?" "¡No!" Avispa gritó desde detrás de la rueda. "¡No!" Tempestad gritó desde la mitad. "¡Por supuesto!" -gritó la ira por la ventana de escopeta. Miré a Annabeth. "¿Están ciegas?" ―No del todo ", Annabeth dijo. "Tienen un ojo." "¿Un ojo?" "Sí". "¿Cada una?" "No un ojo en total". A mi lado, Tyson se quejó y se agarró del asiento. "No me siente tan bien." "Oh, hombre," le dije, porque yo había visto Tyson mareado en los paseos escolares y no era algo de lo que quisieras estar dentro de cincuenta pies. "Aguanta, grandote. ¿Alguien tiene una bolsa de basura o algo así?" Las tres damas grises estaban demasiado ocupadas discutiendo como para prestarme atención. Miré a Annabeth, que se aferra por su vida, y le di una mirada de ¿Por qué me hiciste esto a mi?  "Oye", dijo, "Taxi Hermanas Gray es la manera más rápida al campamento‖. ‖Entonces, ¿por qué no lo tomaste desde Virginia?‖ "Eso es fuera de su área de servicio", dijo, al igual que debería ser obvio. "Sólo sirven en Nueva York y las comunidades circundantes‖. "Hemos tenido gente famosa en esta cabina!" Ira exclamó. "Jasón ¿Te acuerdas de él?" 

"No me lo recuerdes!" Avispa lamentó. "Y no teníamos un coche en ese entonces, tu murciélago viejo. Eso fue hace tres mil años!" "Dame el diente!" La ira trató de agarrar a la boca de avispa, pero Avispa le aplastó la mano. "Sólo si me da tempestad el ojo!" "¡No!" Tempestad gritó. "Lo tenías ayer!" "Pero estoy manejando, vieja!" "¡Excusas! dobla! Ese fue tu salida!" Avispa se desvió duro en la calle Delancey, aplastándome entre Tyson y la puerta. Golpeo el gas y se disparó hacia el puente de Williamsburg a setenta millas por hora. Las tres hermanas estaban peleando en serio ahora, bofetadas unas a otras como Ira trató de agarrar la cara de Avispa y Avispa trató de agarrar a Tempestad. Con su pelo al viento y sus bocas abiertas, gritando la una a la otra, me di cuenta de que ninguna de las hermanas tenían dientes a excepción de avispa, que tenía un incisivo amarillo musgo. En lugar de ojos, sólo se había cerrado, párpados hundidos, a excepción de Ira, que tenía un ojo inyectado en sangre verde que miraba todo con avidez, como si no se cansaba de todo lo que veía. Por último, Ira, que tenía la ventaja de la vista, logró dar un tirón a los dientes de la boca de su hermana Avispa.  Avispa estaba tan molesta que se desvió hacia el borde del puente Williamsburg, gritando, "'amelo de vuelta!" amelo de vuelta!" Tyson se quejó y se agarró el estómago. "Uh, si alguien está interesado‖, le dije, "vamos a morir!" "No te preocupes", Annabeth me dijo, sonaba bastante preocupada. "Las Hermanas Gray saben lo que están haciendo. Son realmente muy sabias". Esto viene de la hija de Atenea, pero no era exactamente tranquilizador. Estábamos rozando el borde de un puente de ciento treinta metros sobre el East River. 

"Sí, sabio!" Ira sonrió en el espejo retrovisor, mostrando su diente recién adquirido. "Nosotras sabemos cosas!" "Todas las calles de Manhattan!" Avispa jactó, todavía golpeando a su hermana. "La capital de Nepal!" "La ubicación que buscas!" Tempestad agregó. Inmediatamente sus hermanas la golpearon por ambos lados, gritando, "¡Cállate! ¡Cállate! Ni siquiera a preguntado todavía!" "¿Qué?" -Dije. "¿Qué lugar? Yo no busco ningún-" "¡Nada!" Tempestad, dijo. "Tienes razón, hijo. No es nada!" "Dime". "¡No!" todas ellas gritaron. "La última vez que dijimos, fue horrible!" Tempestad, dijo. "El ojo fue tiró en un lago!" Ira de acordó. "Años para encontrarlo de nuevo!" Avispa gimió. "Y hablando de eso, dámelo de vuelta" "¡No!" -gritó Ira. "Ojo!" Avispa gritó. "Dámelo!" Le pegó a su hermana ira en la espalda. Hubo un pop enfermizo y algo salió volando de la cara de Ira. Ira a tientas, tratando de cogerlo, pero sólo logró lanzarlo con el dorso de la mano. El orbe verde viscoso navegó por encima del hombro, en el asiento trasero, y directamente en mi regazo. Salté tan fuerte, que mi cabeza golpeo en el techo y el globo ocular se alejó. "No puedo ver!" las tres hermanas gritaron. "Dame el ojo!" Avispa lamentó. "Dale el ojo!" Annabeth gritó. 

"Yo no lo tengo!" Dije. FORO ALISHEA DREAMS "Ahí, por tu pie", Annabeth dijo. "No lo pises! Agárralo!" "No estoy recogiendo eso!" El taxi se estrelló contra la baranda y se deslizó junto con un chirrido horrible. El coche entero se estremeció, echando humo gris como si estuviera a punto de disolver la tensión. ¿Voy a vomitar! "Tyson advirtió. "Annabeth", grito, "vamos deja a Tyson usar la mochila!" "¿Estás loca? Agarra el ojo" Avispa arrancó la rueda, y el taxi se desvió de la regleta. Nos precipitamos por el puente Brooklyn, va más rápido que cualquier taxi humano. Las Hermanas Gray gritaron y se golpearon unas a otras y gritaron por su ojo. Al final controle mis nervios. Me arranque un pedazo de mi teñida camiseta, que ya se estaba cayendo por todas las marcas de quemaduras, y lo utilice para recoger el ojo del piso. "Buen Chico!" -Gritó Ira, como si de alguna manera supiera que yo tenía su ojo desaparecido. "Dámelo de vuelta!" "No hasta que expliques", le dije. "¿De qué estaban hablando, el lugar que busco?" "No hay tiempo!" Tempestad exclamó. "Acelera!" Miré por la ventana. Efectivamente, los árboles y los coches y barrios enteros eran ahora, en una mancha gris. Ya estábamos fuera de Brooklyn, Andando por el centro de Long Island. "Percy", Annabeth advirtió, "no pueden encontrar nuestro destino sin el ojo. Tenemos que seguir acelerando hasta que nos rompamos en mil pedazos". "Primero tienes que decirme", le dije. "O abriré la ventana y lanzare el ojo hacia el tráfico." "¡No!" las Hermanas Gray lamentaron. "Es demasiado peligroso!" 

"Estoy rodando por la ventana." FORO ALISHEA DREAMS "¡Espera!" las Hermanas Gray gritaron. "30, 31, 75, 12!" Los soltaron como si fuera un mariscal diciendo una jugada. "¿Qué quieren decir?" Les dije. "Eso no tiene sentido!" "30, 31, 75, 12!" Ira dijo. "Eso es todo lo que puedo decir. Ahora nos dan el ojo! Casi estamos en el campamento!" Estábamos fuera de la carretera actual, que penetra rápidamente en el campo del norte de Long Island. Pude ver la colina Half-Blood delante de nosotros, con su gigantesco árbol de pino en la cresta, el árbol de Thalía, que contenía la fuerza de vida o de un héroe caído. "Percy!" Annabeth dijo que con más urgencia. "Dales el ojo ahora!" Decidí no discutir. Tiré el ojo en el regazo de Avispa. La vieja lo cogió, la empujó en su cuenca de los ojos como si alguien de poner en un lente de contacto, y parpadeó. "Whoa!" Ella pisó el freno. El taxi giró cuatro o cinco veces en una nube de humo y se detuvo a su fin en medio de la carretera de la granja en la base de la colina Half-Blood. Tyson soltó un eructo enorme. "Mejor ahora". "Muy bien", le dije a las Hermanas Gray. "Ahora, dime qué significan esos números." "No hay tiempo!" Annabeth abrió la puerta. "Tenemos que salir ahora." Estaba a punto de preguntar por qué, cuando mire a la colina de HalfBlood y entendí. En la cresta de la colina había un grupo de campistas. Y que estaban bajo ataque. 

Percy Jackson y el mar de los mounstros capítulo 2

 PARTIDO DE BALÓN PRISIONERO CON UNOS CANÍBALES El día empezó de un modo normal, o por lo menos tan normal como puede serlo en la Escuela Preparatoria Meriwether. Ya sabes, esa escuela ―progresista‖ del centro de Manhattan, lo que significa que nos sentamos en grandes pufs, no en pupitres, que no nos ponen notas y que los profesores llevan tejanos y camisetas de rock, lo cual me parece genial. Yo padezco THDA, Trastorno Hiperactivo por Déficit de Atención, y además soy disléxico, como la mayoría de los mestizos. Por eso nunca me ha ido demasiado bien en los colegios normales, incluso antes de que acabara expulsado. Lo único que Meriwether tenía de malo era que los profesores siempre se concentraban en el lado más brillante y positivo de las cosas. Mientras que los alumnos. . .bueno, no siempre resultaban tan brillantes. Pongamos por caso la primera clase de aquel día, la de Inglés. Todo el colegio había leído ese libro titulado El señor de las moscas, en el que un grupo de chicos quedan atrapados en una isla y acaban chalados. Así pues, como examen vieron allí una hora sin la supervisión de ningún adulto para ver qué pasaba. Y lo que pasó fue que se armó un concurso de collejas entre los alumnos de séptimo y octavo curso, además de dos peleas a pedradas y un partido de baloncesto con placajes de rugby. El matón del colegio, Matt Sloan, dirigió la mayor parte de las actividades bélicas. Sloan no era grandullón ni muy fuerte, pero actuaba como si lo fuera. Tenía los ojos de perro rabioso y un pelo oscuro y desgreñado; siempre llevaba ropa cara, aunque muy descuidada, como si quisiera demostrar a todo el mundo que el dinero de su familia le traía sin cuidado. Tenía mellado uno de sus incisivos desde el día que condujo sin permiso el Porshe de su padre para dar una vuelta y chocó con una señal de ATENCIÓN: NIÑOS-REDUZCA LA VELOCIDAD. 

El caso es que Sloan estaba repartiendo tortas a diestro y siniestro cuando cometió el error de intentar darle a mi amigo Tyson. Tyson era el único chaval sin techo de la Escuela Preparatoria Meriwether. Por lo que mi madre y yo habíamos deducido, sus padres lo habían abandonado cuando era muy pequeño, seguramente por ser… tan diferente. Medía uno noventa y tenía la complexión del Abominable Hombre de las Nieves, pero lloraba continuamente y casi todo le daba miedo, incluso su propio reflejo. Tenía la cara como deformada y con un aspecto brutal. No sabría decir de que color eran sus ojos, porque nunca me animé a mirarlo más arriba de sus dientes torcidos. Aunque su voz era grave, hablaba de un modo más bien raro, como un chaval mucho más pequeño, supongo que porque nunca había ido al colegio antes de entrar en el Mariwether. Llevaba unos tejanos andrajosos, unas mugrientas zapatillas del número 50 y una camisa a cuadros escoceses con varios agujeros. Olía como huelen los callejones de Nueva York. Porque vivía en uno de ellos, junto a la calle Setenta y dos, en la caja de cartón de un frigorífico. La Escuela Meriwether lo había adoptado a resultas de un proyecto de servicios comunitarios para que los alumnos pudieran sentirse satisfechos de sí mismos. Por desgracia, la mayoría no soportaba a Tyson. En cuanto descubrían que era un blandengue, un blandengue enorme, pese a su fuerza descomunal y su mirada espeluznante, se divertían metiéndose con él. Yo era prácticamente su único amigo, lo cual significaba que él era mi único amigo.  Mi madre había protestado un millón de veces en el colegio y los había acusado de no estar haciendo lo bastante para ayudarlo.  También había llamado a los servicios sociales, pero al final nunca pasaba nada. los asistentes sociales alegaban que Tyson no existía.  Juraban y perjuraban que habían ido al callejón que les habíamos indicado y que nunca lo encontraban allí. Como puede ser posible no encontrar a un chaval gigante que vive en la caja de un frigorífico, eso no lo entiendo. El caso es que Matt Sloan se deslizó por detrás de él y trató de darle una colleja. A Tyson le entró pánico y lo apartó con un empujón más fuerte de la cuenta. Sloan salió volando y acabó enredado en el columpio que había cinco metros más allá. -―¡Maldito monstruo!‖ -gritó-. ―¿Por qué no vuelves a tu caja de carón?‖ Tyson empezó a sollozar. Se sentó al pie de las barras para trepar (con tanta fuerza que dobló una) y ocultó la cara entre las manos. 

-―¡Retira eso, Sloan!‖ - le espeté. Él me miró con desdén. -―¿Por qué me das la lata, Jackson? Quizá tendrías amigos si no te pasaras la vida defendiendo a ese monstruo‖. Apreté los puños. Esperaba no tener la cara tan roja como la sentía. -―No es un monstruo. Sólo es‖. Traté de dar con la réplica adecuada, pero Sloan no me escuchaba. Él y sus horribles amigotes estaban muy ocupados riéndose a carcajadas. Me pregunté si sería cosa de mi imaginación o si realmente Sloan tenía a su alrededor más gloria de lo normal. Me había acostumbrado a verlo rodeado de dos o tres, pero aquel día había más de media docena y estaba seguro de que no lo conocía de nada. -―¡Espera a la clase de Deportes y verás, Jackson!‖ -gritó Sloan-. ―Considérate hombre muerto‖. Cuando terminó la hora, nuestro profesor de Inglés, el señor De Milo, salió a inspeccionar los resultados de la carnicería. Sentenció que habíamos entendido El señor de las moscas a la perfección.  Estábamos todos aprobados. Y nunca, dijo, nunca debíamos convertirnos en personas violentas. Matt Sloan asintió con seriedad y luego me lanzó una sonrisa burlona con su diente mellado. Para que dejara de sollozar, tuve que prometerle a Tyson que a la hora del almuerzo le compraría un sándwich extra de mantequilla de cacahuete. -¿Soy. . .un monstruo? -me preguntó. -No -lo tranquilicé, apretando los dientes-. El único monstruo que hay aquí es Matt Sloan. Tyson sorbió los mocos.  -Eres un buen amigo. Te echaré de menos el año que viene. . .si es que puedo. . . Le tembló la voz. Me di cuenta de que no estaba seguro de que volvieran a admitirlo en el proyecto de servicios comunitarios. Me pregunté si el director se habría molestado en hablar con él del asunto. -No te preocupes, grandullón -acerté a decir-. Todo irá bien.  Tyson me miró con una expresión tan agradecida que me sentí como un tremendo mentiroso. ¿Cómo podía prometerle a un chaval como él que todo iría bien? El siguiente examen era de Ciencias. La señora Tesla nos dijo que teníamos que ir combinando productos químicos hasta que consiguiéramos que explotase algo. Tyson era mi compañero de laboratorio. Sus manos eran demasiado grandes para los diminutos frascos que se suponía debíamos usar y, de modo accidental, derribó una bandeja entera de productos químicos sobre la mesa y desencadenó en la papelera de un gran hongo de gases anaranjados. En cuanto la señora Tesla hubo evacuado el laboratorio y avisado a la brigada de residuos peligroso, nos elogió a Tyson y a mí por nuestras dotes innatas para la química. Habíamos sido los primeros en superar su examen en menos de treinta segundos. Me alegraba que aquella mañana estuviese resultando tan ajetreada, porque eso me impedía pensar en mis propios problemas. No soportaba la idea de que se hubieran complicado las cosas en el campamento, ni mucho menos deseaba recordar siquiera la pesadilla de aquella noche. Tenía la horrible sensación de que Grover corría un serio peligro. En Sociales, mientras dibujábamos mapas de latitud-longitud, abrí mi cuaderno de anillas y miré que foto guardada dentro: mi amiga Annabeth, de vacaciones en Washington D.C. Iba con vaqueros y una cazadora tejana sobre una camiseta naranja del Campamento Mestizo, llevaba su pelo rubio recogido con un pañuelo y posaba de pie frente al Lincoln Memorial, con los brazos cruzados y el aire de estar muy satisfecha consigo misma, como si ella en persona hubiera diseñado el monumento. Ya sabes, Annabeth quiere ser arquitecto cuando sea mayor y por eso se pasa la vida visitando monumentos famosos y cosas por el estilo. Es un poquito rara en ese sentido. Me había enviado la fotografía por e-mail después de las vacaciones de Pascua, y yo la miraba de vez en cuando para recordarme que Annabeth era real y que el Campamento Mestizo no era un producto de mi imaginación. Ojala hubiese estado conmigo en aquel momento; ella habría sabido qué significaba mi sueño. Nunca lo reconocería en su presencia, pero, a decir verdad, ella era más lista que yo, por muy irritante que resultara a veces. Estaba a punto de cerrar el cuaderno, cuando Matt Sloan alargó el brazo y arrancó la foto de las anillas. -¡Eh! -protesté. Sloan le echó un vistazo a la foto y abrió los ojos como platos.  -Ni hablar, Jackson. ¿Quién es? ¿No será tu. . .? -Dámela. -Las orejas me ardían. Sloan pasó la foto a sus espantosos compinches, que empezaron a soltar risitas y romperla en pedacitos para convertirlos en proyectiles. Debían de ser alumnos nuevos que estaban de visita, porque todos llevaban aquellas estúpidas placas de identificación (―Hola, me llamo...‖) que daban en la oficina de inscripción. Y debían de tener también un extraño sentido del humor, porque habían escrito en ellas nombres extrañísimos como ―Chupatuétanos‖ ―Devoracráneos‖ y ―Quebrantahuesos‖. Ningún ser humano tiene nombres así. -Estos colegas se trasladan aquí el año que viene -dijo Sloan con aire fanfarrón, como si saberlo hubiese de aterrorizarme-. Apostaría a que ellos sí pueden pagarse la matrícula, a diferencia del tarado de tu amigo. -No es ningún tarado. -Tuve que hacer un esfuerzo para no darle un puñetazo en la cara. -Eres un auténtico pringado, Jackson. Por suerte para ti, en la próxima clase voy a acabar con todos tus sufrimientos. Sus enormes compinches masticaron mi foto. Yo deseaba pulverizarlos, pero tenía órdenes estrictas de Quirón de no desahogar mi cólera ante simples mortales, por detestables que me resultasen.  Tenía que reservar mis fuerzas para los monstruos. Aun así, no pude dejar de pensar: ―Si supiera Sloan quién soy realmente...‖ Sonó el timbre. Mientras Tyson y yo salíamos de la clase, una voz femenina me llamó en un susurro: -¡Percy! 

Miré alrededor y escudriñé la zona de las taquillas pero no había nadie que me prestara atención. Por lo visto las chicas del Meriwether no se habrían dejado pillar ni muertas pronunciando mi nombre. Antes de que pudiera considerar si no habrían sido imaginaciones mías, un montón de chicos cruzaron el pasillo y nos arrastraron Tyson y a mí hacia el gimnasio. Era la hora de Deportes. Nuestro entrenador nos había prometido un partido de balón prisionero, en plan batalla campal. Y Matt Sloan había prometido matarme. El uniforme de gimnasia del Meriwether consiste en unos pantalones cortos azul celeste y unas camisetas desteñidas de colores variopintos. Por suerte, la mayor parte de los ejercicios atléticos los hacíamos de puertas adentro, de manera que no teníamos que trotar por el barrio de Tribeca con el aspecto de una manada de niños hippies. Me cambié en los vestuarios lo más deprisa que pude porque no quería tropezarme con Sloan. Estaba a punto de salir cuando me llamó Tyson: -¿Percy? -Todavía no se había cambiado. Estaba junto a la puerta de la sala de pesas con el uniforme en la mano-. ¿Te importaría? -Ah, sí. -Procuré reprimir el tono de fastidio-. Claro, hombre. Tyson se metió en la sala de pesas y yo monté guardia en la puerta mientras se cambiaba. Me sentía algo extraño haciendo aquello, pero Tyson me lo pedía casi todos los días. Imagino que era porque tiene el cuerpo totalmente lampiño, así como unas extrañas cicatrices en la espalda sobre las cuales nunca me había atrevido a preguntarle. En todo caso, yo ya había aprendido que si se burlaban de él cuando se estaba cambiando, podía disgustarse mucho y empezar a arrancar las puertas de las taquillas. Cuando entramos en el gimnasio, el entrenador Nunley estaba sentado ante su escritorio leyendo la revista Sports Illustrated.  Nunley debía de tener un millón de años. Era un tipo con gafas bifocales, sin dientes y con un grasiento mechón de pelo gris. Me recordaba al Oráculo del Campamento Mestizo -una momia apergaminada-, sólo que el entrenador Nunley se movía mucho menos y no despedía oleadas de humo verde. Bueno, al menos yo no lo había visto. Matt Sloan se acercó y le dijo: -Entrenador, ¿puedo ser yo el capitán? 

-¿Cómo? -Nunley levantó la vista y musitó-: Hum, está bien. Sloan miró satisfecho y se encargó de formar los equipos. A mí me nombró capitán del equipo contrario, pero no tenía ninguna importancia a quienes eligiese yo, porque todos los tipos cachas y los chicos más populares se pasaron al bando de Sloan. Y lo mismo hizo el grupo de visitantes. En mi equipo estaban Tyson, Corey Bailer -el flipado de la informática-, Raj Mandali -un verdadero prodigio del cálculo- y media docena de chavales a los que Sloan y su banda se dedicaban a hostigar habitualmente. En condiciones normales, habría tenido suficiente con la ayuda de Tyson, pues él solo ya valía por medio equipo, pero los visitantes eran casi tan altos y fuertes como él, al menos en apariencia, y había seis de ellos en el otro bando. Sloan volcó una cesta llena de pelotas en medio del gimnasio. -Miedo -susurró Tyson-. Huelen raro. -¿Quién huele raro? -Ellos. -Tyson señaló a los nuevos amigos de Sloan-. Huelen raro. Los visitantes hacían crujir los nudillos y nos miraban como si hubiera llegado la hora de la masacre. Volví a preguntarme de dónde habrían salido aquellos tipos. Tenía que ser de algún sitio donde alimentaran a sus alumnos con carne cruda y los apalearan con bates de béisbol. Entonces Sloan tocó el silbato del entrenador y empezó el partido. Su equipo se abalanzó hacia la línea central. En el mío, en cambio, Raj Mandali gritó algo en urdu -seguramente: ―¡Necesito mi orinal‖- y echó a correr hacia la salida. Corey Bailer se alejó a rastras y trató de esconderse detrás de las colchonetas apoyadas contra la pared. Los demás hacían lo posible para no encogerse de miedo y convertirse en blancos seguros. -Tyson -dije-. Vamos a…  Recibí un pelotazo en la barriga y caí sentado en medio del gimnasio. Nuestros oponentes estallaron en carcajadas. Veía borroso. Me sentía como si un gorila acabara de darme un masaje en la boca del estómago. No podía creer que alguien fuera capaz de lanzar una pelota con tanta potencia. 

-¡Agáchate, Percy! -gritó Tyson. FORO ALISHEA DREAMS Rodé por el suelo justo cuando otra bola pasaba rozándome la oreja a la velocidad del sonido. ¡Buuuuuum! La pelota rebotó en la colchoneta de la pared y Corey Bailer soltó un aullido. -¡Eh! -grité a los del equipo contrario-. ¡Por poco matáis a alguien! Uno de los visitantes, el llamado Quebrantahuesos, me dirigió una sonrisa malvada. Lo había visto antes, pero ahora parecía todavía más descomunal, incluso más que Tyson. Los bíceps le abultaban bajo la camiseta. -¡Ésa es la intención, Perseus Jackson! Bastó que dijera mi nombre de aquella manera para que un escalofrío me recorriera de arriba abajo. Nadie me llamaba Perseus, salvo los que conocían mi verdadera identidad. Amigos... o enemigos. ¿Qué había dicho Tyson? ―Huele raro.‖ Monstruos. Todos los que rodeaban a Matt Sloan estaban aumentando de tamaño. Ya no eran chavales, se habían convertido en gigantes de dos metros y medio con ojos de locura, dientes afilados y unos brazos peludos tatuados con serpientes, chicas bailando el hula hop y corazones de enamorado. Matt Sloan soltó la pelota. -¡Uau! ¡Vosotros no sois de Detroit! ¿Quién...? Los demás chavales de mi equipo empezaron a chillar y retroceder hacia la salida, pero el gigante Chupatuétanos lanzó una pelota con mortífera precisión. Pasó rozando a Raj Mandali, que ya estaba a punto de salir, y dio de lleno en la puerta, cerrándola como por arte de magia. Raj y los otros empezaron a aporrearla desesperados, pero la puerta no se movía. -¡Dejadlos marchar! -grité a los gigantes. 

El llamado Quebrantahuesos me soltó un gruñido. En el bíceps tenía un tatuaje que rezaba: ―Me gustan mis Ricuras.‖ -¿Cómo? ¿Y dejar escapar unos bocados tan sabrosos? ¡No, hijo del dios del mar! Nosotros los lestrigones no solo estamos aquí para dar muerte. ¡Queremos nuestro almuerzo! Hizo un gesto con la mano y apareció otro montón de pelotas en el centro del gimnasio. Pero aquéllas no eran de goma. Eran de bronce, del tamaño de una bala de cañón, y tenía agujeros que escupían fuego. Debían de estar al rojo vivo, pero los gigantes las agarraban con las manos como si nada. -¡Entrenador! -grité. Nunley levantó la vista adormilado, pero si llegó a ver algo fuera de lo normal en aquel partido de balón prisionero, no lo demostró. Ése es el problema de los mortales. Una fuerza mágica, la niebla, difumina ante sus ojos la verdadera apariencia de los monstruos y los dioses, de manera que tienden a ver solamente lo que son capaces de comprender. Quizá el entrenador vio a varios chavales de octavo aporreando, como de costumbre, a los pequeños. Quizá los demás vieron a los gorilas de Sloan a punto de lanzar cócteles Molotov (tampoco habría sido la primera vez). En todo caso, seguro que nadie se había dado cuenta de que nos enfrentábamos con auténticos monstruos devoradores-de-hombres sedientos de sangre. -Hummm. . .sí -murmuró entre dientes el entrenador-. Jugad limpio. Y volvió a concentrarse en su revista. El gigante Devoracráneos lanzó una pelota. Yo me eché a un lado para esquivar aquel ardiente cometa, que me pasó junto al hombro a velocidad. -¡Corey! -chillé. Tyson lo sacó de detrás de las colchonetas un segundo antes de que la bola estallara en ellas y las convirtiera en un montón de jirones humeantes. -¡Rápido! -dije a mis compañeros-. ¡Por la otra salida! Echaron a correr hacia los vestuarios, pero Quebrantahuesos hizo otro gesto con la mano y también aquella puerta se cerró de golpe. -Nadie saldrá de aquí hasta que tú quedes eliminado -rugió-. Y no estarás eliminado hasta que te hayamos devorado. 

Me arrojó su bola de fuego. Mis compañeros de equipo se dispersaron segundos antes de que el proyectil abriera un cráter en el suelo. Iba a echar mano de Contracorriente, que siempre guardaba en el bolsillo, cuando me di cuenta de que llevaba puestos los pantalones de deporte, que no tenían bolsillos. Contracorriente se había quedado en mis tejanos, en la taquilla del vestuario. Y la puerta del vestuario estaba cerrada a cal y canto. Me encontraba completamente indefenso. Y ahora, otra bola de fuego venía hacia mí a la velocidad del rayo. Tyson me apartó de un empujón, pero la explosión me alcanzó y me lanzó por los aires. De repente, me encontré en el suelo del gimnasio, aturdido por el humo y con la camiseta llena de agujeros chisporroteantes. Al otro lado de la línea central, dos gigantes hambrientos me miraban desde lo alto. -¡Carne! -bramaron-. ¡Filete Los dos se dispusieron a rematarme. de héroe para almorzar! -¡Percy necesita ayuda! -gritó Tyson, y se interpuso entre nosotros de un salto, justo cuando me lanzaban sus bolas. -¡Tyson! -chillé, pero ya era tarde. Las bolas se estrellaron contra. . . No, él las atrapó al vuelo. El torpe Tyson, el que volcaba el material de laboratorio y destrozaba las estructuras del parque infantil todos los días, se las había arreglado para atrapar aquellas dos bolas de metal al rojo vivo que volaban hacia él a un trillón de kilómetros por hora. Y no sólo eso, sino que se las lanzó de vuelta a sus atónitos propietarios. -¡¡Nooooo!! -chillaron, pero las esferas de bronce les explotaban en el pecho. Los gigantes se desintegraron en dos columnas de fuego gemelas: un signo inequívoco de que eran monstruos de verdad. Porque los monstruos no mueren, sólo se disipan en humo y polvo, lo cual ahorra un montón de problemas a los héroes, que no tienen que ponerse a limpiar después de una pelea. -¡Mis hermanitos! -gimió Quebrantahuesos el Caníbal. Flexionó los músculos y sus tatuajes se contorsionaron-. ¡Pagarás cara su destrucción! 

-¡Tyson! -grité-. ¡Cuidado! FORO ALISHEA DREAMS Otro cometa se precipitaba ya hacia nosotros y Tyson apenas tuvo tiempo de desviarlo con un golpe. Salió disparado como un cohete, pasó por encima de la cabeza del entrenador y aterrizó en las grandes provocando una tremenda explosión. ¡¡BUUUUUUM!! Los chavales corrían en todas direcciones gritando y tratando de esquivar los cráteres, que aún humeaban y echaban chispas; otros aporreaban la puerta y pedían socorro. El propio Sloan estaba petrificado en mitad de la pista, mirando incrédulo aquellas bolas mortíferas que volaban a su alrededor. El entrenador Nunley seguía sin enterarse de nada. Dio unos golpecitos a sus audífonos, como si las explosiones le hubieran provocado alguna interferencia, pero continuó absorto en la revista. Todo el colegio debía de haber oído aquel estruendo. El director o tal vez la policía vendría en nuestra ayuda. -¡La victoria será nuestra! -rugió Quebrantahuesos el Caníbal-. ¡Nos vamos a dar un festín con tus huesos! Quería decirle que se estaba tomando demasiado en serio aquel partido de balón prisionero, pero antes de que pudiese hacerlo me disparó otra bola. Los otros tres gigantes siguieron su ejemplo. Sabía que estábamos perdidos. Tyson no podría desviar todas aquellas bolas a la vez. Además, debía de tener graves quemaduras en las manos desde que había detenido aquella primera volea. Y sin la ayuda de mi espada… Y entonces se me ocurrió una idea desesperada. Corrí en dirección a los vestuarios. -¡Salid de ahí! .alerté a mis compañeros-. ¡Apartaos de la puerta! Las explosiones se sucedían a mi espalda. Tyson había bateado dos bolas, devolviéndose a sus propietarios para convertirlos en cenizas. Ya sólo quedaban en pie dos gigantes. Una tercera bola se dirigía a toda velocidad hacia mí. Me obligué a aguardar unos segundos y me eché a un lado. La esfera ardiente derribó la puerta del vestuario. Ya me imaginaba que los gases acumulados en las taquillas de la mayoría de los alumnos bastaban para provocar una explosión. Así que tampoco me sorprendió que la bola llameante desencadenara un estallido monumental. ¡¡BRAAAAAAAM!! La pared se vino abajo y las puertas de las taquillas -así como los calcetines, los suspensorios y otros adminículos personales igual de chungos- llovieron sobre el gimnasio. Me volví justo a tiempo para ver cómo Tyson golpeaba en la cara de Devoracráneos. El gigante te desplomó. Pero el único que quedaba, Quebrantahuesos, se había reservado astutamente una bola a la espera de la ocasión propicia. Y la lanzó en el momento preciso que Tyson se volvía hacia él. -¡No! -chillé. La bola le dio de lleno en el pecho. Impulsado por el impacto, Tyson cruzó la pista entera y fue a estrellarse contra la pared trasera, que se agrietó e incluso se desmoronó en parte, abriendo un agujero por el que se veía la calle Church. Yo no entendía cómo aún seguía vivo, pero él sólo parecía aturdido. La bola de bronce humeaba a sus pies.  Tyson trató de recogerla, pero cayó atontado sobre un montón de ladrillos carbonizados. -¡Bueno! -dijo Quebrantahuesos relamiéndose-. Soy el único en pie.  Voy a tener carne de sobra. Hasta para llevar una bolsita a mis Ricuras… Recogió otra bola y apuntó a Tyson. -¡Espera! -grité-. ¡Es a mí a quien buscas! El gigante sonrió con crueldad. -¿Quieres morir tú primero, joven héroe? Tenía que hacer algo. Contracorriente debía de estar por allí, en alguna parte...

 Entonces divisé mis tejanos en un montón humeante de ropa, justo a los pies del gigante. Si conseguía llegar hasta ellos… Sabía que era inútil, pero decidí ir a la carga. El gigante te echó a reír. -Se acerca mi almuerzo. -Levantó el brazo para lanzarme un proyectil, y yo me preparé para morir. De repente, el cuerpo del gigante te puso todo rígido, y su expresión pasó del regodeo al asombro. En el punto exacto donde debía de tener el ombligo se le desgarró la camiseta y apareció algo parecido a un cuerno. No, un cuerno no, era la punta reluciente de una hoja de metal. La bola se le cayó de la mano. El monstruo bajó la mirada y observó el cuchillo que le había traspasado desde la espalda. -Uf -murmuró, y estalló en una llameante nube verde. Un gran disgusto, supongo, para sus Ricuras... De pie, entre el humo que se iba disipando, vi a mi amiga Annabeth.  Tenía la cara mugrienta y arañada; llevaba el hombro una mochila andrajosa y la gorra de béisbol metida en un bolsillo. En la mano sostenía un cuchillo de bronce. Aún brillaba en sus ojos grises una mirada enloquecida, como si hubiera recorrido mil kilómetros perseguida por una manada de fantasmas. Matt Sloan, que había permanecido mudo de asombro todo el tiempo, pareció recobrar por fin el juicio. Miró parpadeando a Annabeth, como si la recordase vagamente por la fotografía de mi cuaderno. -Ésta es la chica… La chica… Annabeth lo tumbó de un puñetazo en la nariz. -Déjame en paz, amigo. El gimnasio estaba en llamas mientras los chavales seguían gritando y corriendo en todas direcciones. Oí el aullido de las sirenas y una voz confusa por megafonía. Por las ventanillas de las puertas de emergencia divisé al director, el señor Bonsái, que luchaba furiosamente con la cerradura rodeado por un montón de profesores agolpados a su espalda. 

-Annabeth… -balbuceé-. ¿Cuánto tiempo llevas...? -Prácticamente toda la mañana -respondió mientras envainaba su cuchillo de bronce-. He intentado encontrar una ocasión para hablar contigo, pero nunca estabas solo. -La sombra que he visto esta mañana… -La cara me ardía-. Ay, dioses. ¿Estabas mirando por la ventana de mi habitación? -¡No hay tiempo para explicaciones! -me espetó, aunque también ella parecía algo ruborizada-. Simplemente no quería… -¡Allí! -gritó una mujer. Las puertas se abrieron con un estallido y todos los adultos entraron de golpe. -Te espero fuera -dijo Annabeth-. Y a él también. -Señaló a Tyson, que seguía sentado con aire aturdido junto a la pared, y le lanzó una mirada de repugnancia que no acabé de entender-. Será mejor que lo traigas. -¡Qué dices! -me asombré. -¡No hay tiempo! -dijo-. ¡Date prisa! Se puso su gorra de béisbol de los Yankees, un regalo mágico de su madre, y se desvaneció en el acto. Con lo cual me quedé solo en medio del gimnasio en llamas, justamente cuando el director aparecía, escoltado por la mitad del profesorado y un par de policías. -¿Percy Jackson? -dijo el señor Bonsái-. ¿Qué…? ¿Cómo…? Junto a la pared agujereada, Tyson soltó un quejido y se incorporó entre un montón de ladrillos carbonizados. -La cabeza duele. Matt Sloan se acercó también. Me miró con una expresión de terror. -¡Ha sido Percy, señor Bonsái! Ha incendiado el edificio entero. El entrenador Nunley lo contará. Él lo ha visto todo.

El entrenador había seguido leyendo su revista todo el tiempo, pero menuda suerte la mía- eligió aquel momento para levantar la vista, al oír que Sloan pronunciaba su nombre. -¿Eh? Hummm...sí. Los demás adultos se volvieron hacia mí. Sabía que nunca me creerían, incluso en caso de que pudiera contarles la verdad. Entonces saqué a Contracorriente de mis tejanos destrozados. -Vamos -le dije a Tyson. Y salté a la calle por el agujero de la pared. 

Percy Jackson y el mar de los mounstros capítulo 1

 MI MEJOR AMIGO DE COMPRAS POR UN VESTIDO DE NOVIA Mi pesadilla comenzó así. Yo estaba parado en una calle desierta en alguna ciudad pequeña en la playa. Era la mitad de la noche. Una tormenta soplaba. Viento y la lluvia arrancaron los árboles de palma a lo largo de la acera. Edificios de estuco rosa y amarillo en línea por la calle, sus ventanas tapiadas. A una cuadra de distancia, más allá de una línea de hibiscos, el mar estaba revuelto. Florida, pensé. Aunque no estaba seguro de cómo yo lo sabía. Nunca había estado en Florida. Entonces oí los cascos estruendosos contra el pavimento. Me volví y vi a mi amigo Grover, corriendo por su vida. Sí, vi cascos. Grover es un sátiro. De la cintura para arriba, que parece un típico adolescente desgarbado con una pelusa melocotón y un caso grave de acné. Caminaba con una cojera extraña, pero a menos que lo vieras sin los pantalones (cosa que no recomiendo), uno nunca sabría que hubiera algo humano sobre él. Pantalones vaqueros holgados y los pies falsos ocultan el hecho de que él tiene el trasero peludo y pezuñas. Grover había sido mi mejor amigo en el sexto grado. Había ido en esta aventura conmigo y una niña llamada Annabeth, para salvar al mundo, pero yo no lo había visto desde julio del año pasado, cuando partió en solitario en una peligrosa misión: una búsqueda de la que ningún sátiro había regresado. De todos modos, en mi sueño, Grover llevaba la cola de cabra, sosteniendo sus zapatos humanos en sus manos como lo hace cuando tiene que moverse rápido. El anduvo hacia mí pasado las tiendas turísticas y lugares de alquiler de tablas de surf. El viento inclinaba las palmeras casi hasta el suelo. Grover estaba aterrado de algo detrás de él. El debió acabar de llegar de la playa. La arena húmeda estaba cubriendo su piel. Se había escapado de algún lugar. Estaba tratando de escapar de... algo. Un huesudo-agitado gruñido cortó a través de la tormenta. Detrás de Grover, en el extremo del bloque, una sombra se cernía. Se dio un manotazo a un lado de una farola, que estalló en una lluvia de chispas. Grover tropezó, gimiendo de miedo. Murmuró para sí mismo -tengo que huir. Tengo que advertirles! Yo no podía ver lo que lo estaba persiguiendo, pero yo lo oía murmurar y maldecir. El suelo se sacudió conforme se acercaba.  Grover se lanzo alrededor en una esquina de la calle y vacilo. Había corrido hacia un callejón sin salida lleno de tiendas. No hay tiempo para retroceder. La puerta más cercana había sido abierta por la tormenta. La señal por encima de la oscura ventana se leía: ST. AGUSTÍN BRIDAL BOUTIQUE. Grover corrió hacia adentro. Se lanzó detrás de un estante de vestidos de boda. La sombra del monstruo pasó por delante de la tienda. Pude oler la cosa una repugnante combinación de lana de oveja mojada y carne podrida y ese extraño olor corporal agrio que solo monstruos tienen, como una mofeta que ha estado viviendo de la comida mexicana. Grover temblaba detrás de los vestidos de novia. La sombra del monstruo paso adelante. Silencio, excepto por la lluvia. Grover respiró hondo. Tal vez se había ido la cosa. Entonces, el centelleo de relámpagos. De todo el frente de la tienda explotó, y una voz monstruosa gritó: "Miiioooo!" Me senté erguido, temblando en mi cama. No hubo tormenta. Ni monstruo. Por la mañana la luz del sol filtrada a través de la ventana de mi dormitorio. Me pareció ver un destello de sombra a través del vidrio con una forma humanoide. Pero luego hubo un llamado a la puerta de mi dormitorio-mi mamá llamo: "Percy, vas a llegar tarde", y la sombra en la ventana desapareció. Debía de ser mi imaginación. Una ventana de la quinta historia con una vieja escalera de incendios raquítica... no podía haber alguien allí fuera. "Vamos, querido," mi madre llamó de nuevo. "Último día de escuela. Deberías estar emocionado. Ya casi lo tienes." "Ya voy", logré decir. Me metí bajo mi almohada. Mis dedos se cerraron tranquilizadoramente alrededor del bolígrafo con el que siempre dormía. Lo saque, estudie la escritura en griego antiguo grabado a un lado: Anaklusmos. Contracorriente‖. Pensé en destaparla, pero algo me detenía. Yo no había utilizado la contracorriente durante tanto tiempo... Además, mi mamá me había hecho la prometer que no iba utilizar armas letales en el apartamento después de que balancee la lanza por el camino equivocado y saque su gabinete de China. Puse en mi Anaklusmos en la mesa de noche y me arrastré fuera de la cama. Me vestí lo más rápido que pude. Traté de no pensar en mi pesadilla o monstruos o la sombra en mi ventana. Tengo que salir. Tengo que advertirles! ¿Qué había Grover querido decir? Hice una garra de tres dedos por encima de mi corazón y hacia afuera-un gesto antiguo que Grover me enseñó una vez para alejar el mal. El sueño no podría haber sido real. Último día de escuela. Mi mamá tenía razón, debí haber estado excitado. Por primera vez en mi vida, casi me había hecho todo un año sin ser expulsado. No accidentes extraños. No hay peleas en el aula. No hay profesores convirtiéndose en monstruos y tratando de matarme con veneno en los alimentos de la cafetería o la explotando mi tarea. Mañana, yo estaría en camino a mi lugar favorito en el mundo el Campamento Half-Blood. Sólo un día más para ir. Seguramente ni siquiera yo podría estropear eso. Como de costumbre, yo no tenía ni idea de lo equivocado que estaba. 

Mi mamá hizo waffles azul y huevos azules para el desayuno. Ella es graciosa, la forma en que celebra ocasiones especiales con la comida azul. Creo que es su manera de decir cualquier cosa es posible. Percy puede pasar de séptimo grado. Waffles pueden ser azules. Pequeños milagros así. Comí en la mesa de la cocina mientras mi mamá lavabas los platos. Estaba vestida con su uniforme de trabajo: una falda azul estrellado y una blusa de rayas blancas y rojas que llevaba a vender dulces en Dulce en América. Su cabello castaño y largo, recogido en una coleta. El waffles sabían muy bien, pero supongo que no estaba cavando en como solía hacerlo. Mi madre me vio y frunció el ceño. "Percy, ¿estás bien?" ―Sí... bien." Pero siempre podría decir cuando algo me estaba molestando. Se secó las manos y se sentó abajo a través de mí. "La escuela, o..." Ella no necesitaba terminar. Yo sabía lo que ella estaba preguntando. "Creo que Grover está en problemas", dije, y le conté mi sueño. Ella frunció los labios. No hablamos mucho acerca de la otra parte de mi vida. Tratamos de vivir lo normalmente como sea posible, pero mi mamá sabía todo acerca de Grover. "Yo no estaría demasiado preocupado, querido", dijo. "Grover es un sátiro grande. Si hubiera algún problema, estoy segura de hubiéramos oído por parte del... del campamento‖. Sus hombros tensos cuando ella dijo la palabra campamento. "¿Qué es?", Le pregunté. "Nada", dijo. "Te diré lo que haremos. Esta tarde vamos a celebrar el final de la escuela. Y los llevare a ti y a Tyson al Rockefeller Center, a esa tienda de patinaje que te gusta." ¡Oh, hombre, eso era tentador. Siempre estábamos luchando con el dinero. Entre mi mamá y sus clases de noche y mi matrícula en escuelas privadas, no podíamos darnos el lujo de hacer cosas especiales, como la tienda para una patineta. Pero algo en su voz me molestó. "Espera un minuto," dije. "Pensé que íbamos a empacar para el campamento esta noche." Ella retorcía el estropajo. "¡Ah, querido, sobre eso... tuve un mensaje de Chiron anoche." Mi corazón se hundió. Chirón era el director de actividades de Campamento Half-Blood. No se pondría en contacto con nosotros a menos que algo grave este pasando. "¿Qué te dijo?" "Él piensa que... puede que no sea seguro para ti ir al campamento por el momento. Tal vez tengamos que postergarlo". "¿Posponerlo? Mamá, ¿cómo podría no ser seguro? Soy un mestizo! Es como el único lugar seguro en la tierra para mí!" "Por lo general, querido. Pero con los problemas que están teniendo-" "¿Qué problemas?" "Percy... Lo siento mucho, mucho. Estaba esperando para hablar contigo acerca de eso esta tarde. No puedo explicar todo ahora. Ni siquiera estoy seguro de que Chiron puede. Todo sucedió tan de repente." Mi mente se tambaleaba. ¿Cómo no voy a ir a un campamento? Quería preguntarle un millón de preguntas, pero en ese momento el reloj de la cocina sonó la media hora. Mi madre parecía casi aliviada. "Siete y media, querido. Hay que ir.  Tyson te estará esperando". "Pero-" "Percy, vamos a hablar esta tarde. Ve a la escuela." Eso fue lo último que quería hacer, pero mi mamá tenía esa mirada frágil en sus ojos una especie de advertencia, como si la empujaba demasiado duro ella empezaría a llorar. Además, ella tenía razón acerca de mi amigo Tyson. Tenía que reunirme con él en la estación de metro a tiempo o se ponía molesto. Estaba asustado de los viajes de metro solo. Recogí mis cosas, pero me detuve en la puerta. "Mamá, este problema en el campamento. ¿Es...? ¿Podría tener algo que ver con mi sueño sobre Grover?" Ella no iba a mirar mis ojos. "Vamos a hablar esta tarde, querido. Te lo explicaré... tanto como pueda".

 De mala gana, le dije adiós. Corrí escaleras abajo para coger el tren número dos. Yo no lo sabía en ese momento, pero mi mamá y yo nunca llegaríamos a tener nuestra charla por la tarde. De hecho, yo no vería mi casa por un largo, largo tiempo. Cuando salí afuera, mire el edificio de piedra rojiza en la calle. Solo por un segundo vi una forma oscura en el sol de la mañana, una silueta humana contra la pared de ladrillo, una sombra que no pertenecía a nadie. Luego se agitó y desapareció. 

Percy Jackson y el ladrón del rayo capítulo 22

 La profecía se cumple Habíamos sido los primeros héroes en regresar vivos a la colina Mestiza desde Luke, así que todo el mundo nos trataba como si hubiéramos ganado algún reality show. Según la tradición del campamento, nos ceñimos coronas de laurel en el gran festival organizado en nuestro honor, y después dirigimos una procesión hasta la hoguera, donde debíamos quemar los sudarios que nuestras cabañas habían confeccionado en nuestra ausencia. La mortaja de Annabeth era tan bonita —seda gris con lechuzas de plata bordadas—, que le comenté que era una pena no enterrarla con ella. Me dio un puñetazo y me dijo que cerrara el pico. Como era hijo de Poseidón, no había nadie en mi cabaña, así que la de Ares se había ofrecido voluntaria para hacer la mía. A una sábana vieja le habían pintado una cenefa con caras sonrientes con los ojos en cruz, y la palabra PRINGADO bien grande en medio. Moló quemarla. Mientras la cabaña de Apolo dirigía el coro y nos pasábamos sándwiches de galleta, malvaviscos y chocolate, me senté rodeado de mis antiguos compañeros de la cabaña de Hermes, los amigos de Annabeth de la cabaña de Atenea y los colegas sátiros de Grover, que estaban admirando la recién expedida licencia de buscador que le había concedido el Consejo de los Sabios Ungulados. El consejo había definido la actuación de Grover en la misión como: « Valiente hasta la indigestión. Nada que hayamos visto hasta ahora le llega a la base de las pezuñas» . Los únicos que no tenían ganas de fiesta eran Clarisse y sus colegas de cabaña, cuyas miradas envenenadas me indicaban que jamás me perdonarían por haber avergonzado a su padre. Por mí, bien. Ni siquiera el discurso de bienvenida de Dioniso iba a amargarme el ánimo. —Sí, sí, vale, así que el mocoso no ha acabado matándose, y ahora se lo tendrá aún más creído. Bien, pues hurra. Más anuncios: este sábado no habrá regatas de canoas… Regresé a la cabaña 3, pero ya no me sentía tan solo. Tenía amigos con los que entrenar por el día. De noche, me quedaba despierto y escuchaba el mar, consciente de que mi padre estaba ahí fuera. A lo mejor aún no estaba muy seguro de mí, o de verdad prefería que no hubiese nacido, pero vigilaba. Y hasta el momento, se sentía orgulloso de lo que había hecho. Y en cuanto a mi madre, tenía la ocasión de empezar una nueva vida. Recibí la carta una semana después de mi llegada al campamento. Me contaba que Gabe había desaparecido misteriosamente; de hecho, que había desaparecido de la faz de la tierra. Lo había denunciado a la policía, pero tenía el extraño presentimiento de que jamás lo encontrarían. En otro orden de cosas, mamá acababa de vender su primera escultura de hormigón tamaño natural, titulada El jugador de póquer, a un coleccionista a través de una galería de arte del Soho. Había obtenido tanto dinero que había pagado la fianza para un piso nuevo y la matrícula del primer semestre en la Universidad de Nueva York. La galería del Soho le había pedido más esculturas, que definían como « un gran paso hacia el neorrealismo superfeo» . « Pero no te preocupes —añadía mi madre—. La escultura se ha acabado. Me he deshecho de aquella caja de herramientas que me dejaste. Ya es hora de que vuelva a escribir… —Al final incluía una posdata—: Percy, he encontrado una buena escuela privada en la ciudad. He dejado un depósito, por si quieres matricularte en séptimo curso. Podrías vivir en casa. Pero si prefieres quedarte interno en la colina Mestiza, lo entenderé» . Doblé la carta con cuidado y la dejé en mi mesita de noche. Todas las noches antes de dormirme, volvía a leerla e intentaba decidir cómo responderle. El 4 de julio, todo el campamento se reunió junto a la playa para asistir a unos fuegos artificiales organizados por la cabaña 9. Dado que eran los hijos de Hefesto, no se conformarían con unas cutres explosioncitas rojas, blancas y azules. Habían anclado una barcaza lejos de la orilla y la habían cargado con cohetes tamaño misil. Según Annabeth, que había visto antes el espectáculo, los disparos eran tan seguidos que parecerían fotogramas de una animación. Al final aparecería una pareja de guerreros espartanos de treinta metros de altura que cobrarían vida encima del mar, lucharían y estallarían en mil colores. Mientras Annabeth y yo extendíamos la manta de picnic, apareció Grover para despedirse. Vestía sus vaqueros habituales, una camiseta y zapatillas, pero en las últimas semanas tenía aspecto de mayor, casi como si fuera al instituto. La perilla de chivo se le había vuelto más espesa. Había ganado peso y los cuernos le habían crecido tres centímetros, así que ahora tenía que llevar la gorra rasta todo el tiempo para pasar por humano. —Me voy —dijo—. Sólo he venido para decir… Bueno, ya sabéis. Intenté alegrarme por él. Al fin y al cabo, no todos los días un sátiro era autorizado a partir en busca del gran dios Pan. Pero costaba decir adiós. Sólo conocía a Grover desde hacía un año, pero era mi amigo más antiguo. Annabeth le dio un abrazo y le recordó que no se quitara los pies falsos. Yo le pregunté dónde buscaría primero. —Es… ya sabes, un secreto —me contestó—. Ojalá pudierais venir conmigo, chicos, pero los humanos y Pan… —Lo entendemos —le aseguró Annabeth—. ¿Llevas suficientes latas para el camino?

—Sí. —¿Y te acuerdas de las melodías para la flauta? —Jo, Annabeth —protestó—. Pareces tan controladora como mamá cabra. Agarró su cayado y se colgó una mochila del hombro. Tenía el aspecto de cualquier autoestopista de los que se ven por las carreteras: no quedaba nada del pequeño sietemesino al que yo defendía de los matones en la academia Yancy. —Bueno —dijo—, deseadme suerte. Abrazó otra vez a Annabeth. Me dio una palmada en el hombro y se alejó entre las dunas. Los fuegos artificiales surgieron entre explosiones en el cielo: Hércules matando al león de Nemea, Artemisa tras el jabalí, George Washington (que, por cierto, era hijo de Atenea) cruzando el río Delaware. —¡Eh, Grover! —le grité. Se volvió en la linde del bosque—. Dondequiera que vayas, espero que hagan buenas enchiladas. Él sonrió y al punto desapareció entre los árboles. —Volveremos a verlo —dijo Annabeth. Intenté creerlo. El hecho de que ningún buscador hubiera regresado antes tras dos mil años… En fin, decidí que prefería no pensar en aquello. Grover sería el primero. Sí, tenía que serlo. Transcurrió julio. Pasé los días concibiendo nuevas estrategias para capturar la bandera y haciendo alianzas con las otras cabañas para mantener las zarpas de la cabaña de Ares lejos del estandarte. Conseguí subir por primera vez el rocódromo sin que me quemara la lava. De vez en cuando pasaba junto a la Casa Grande, miraba las ventanas del desván y pensaba en el Oráculo. Intentaba convencerme de que su profecía se había cumplido. « Irás al oeste, donde te enfrentarás al dios que se ha rebelado» . Había estado allí, y lo había hecho: aunque el dios traidor había resultado Ares en vez de Hades. « Encontrarás lo robado y lo devolverás» . Hecho. Marchando una de rayo maestro. Marchando otra de yelmo de oscuridad para la cabeza grasienta de Hades. « Serás traicionado por quien se dice tu amigo» . Este vaticinio seguía preocupándome. Ares había fingido ser mi amigo y después me había traicionado. Eso debía de ser lo que quería decir el Oráculo… « Al final, no conseguirás salvar lo más importante» . Había fracasado en salvar a mi madre, pero sólo porque había dejado que se salvara ella misma, y sabía que eso era lo correcto. Así pues, ¿por qué seguía intranquilo? La última noche del curso estival llegó demasiado rápido. Los campistas cenamos juntos por última vez. Quemamos parte de nuestra cena para los dioses. Junto a la hoguera, los consejeros mayores concedían las cuentas de « fin de verano» . Yo obtuve mi propio collar de cuero, y cuando vi la cuenta de mi primer verano, me alegré de que el resplandor del fuego enmascarara mi sonrojo. Era completamente negra, con un tridente verde mar brillando en el centro. —La elección fue unánime —anunció Luke—. Esta cuenta conmemora al primer hijo del dios del mar en este campamento, ¡y la misión que llevó a cabo hasta la parte más oscura del inframundo para evitar una guerra! El campamento entero se puso en pie y me vitoreó. Incluso la cabaña de Ares se vio obligada a levantarse. La cabaña de Atenea empujó a Annabeth hacia delante para que compartiese el aplauso. No estoy seguro de que vuelva a sentirme tan contento o triste como en aquel momento. Por fin había encontrado una familia, gente que se preocupaba por mí y que pensaba que había hecho algo bien. Pero, por la mañana, la mayoría se marcharía a pasar el año fuera. A la mañana siguiente encontré una carta formal en mi mesilla de noche. Sabía que la había escrito Dioniso, porque se empeñaba en escribir mi nombre mal: Apreciado Peter Johnson: Si tienes intención de quedarte en el Campamento Mestizo todo el año, debes notificarlo a la Casa Grande antes de mediodía de hoy. Si no anuncias tus intenciones, asumiremos que has dejado libre la cabaña o has muerto víctima de un final horrible. Las arpías de la limpieza empezarán a trabajar al atardecer. Tienen permiso para comerse a cualquier campista no autorizado. Todos los artículos personales que olvidéis serán incinerados en el foso de lava. ¡Que tengas un buen día! Sr. D. (Dioniso) Director del Campamento N.° 12 del Consejo Olímpico Ése es otro de los problemas del THDA. Las fechas límite no son reales para mí hasta que las tengo encima. El verano había terminado y yo seguía sin informar a mi madre, o al campamento, sobre si me quedaría o no. Y ahora sólo tenía unas horas para decidirlo. La decisión debería haber sido fácil. Quiero decir que se trataba de escoger entre nueve meses entrenando para ser un héroe o nueve meses sentado en una clase… En fin. Supongo que debía tener en cuenta a mi madre. Por primera vez tenía la oportunidad de vivir con ella un año sin la molesta presencia de Gabe. Podría sentirme cómodo en casa y pasear por la ciudad en mi tiempo libre. Recordaba las palabras de Annabeth durante nuestra misión: « Los monstruos están en el mundo real. Ahí es donde descubres si sirves para algo o no» . Pensé en el destino de Thalia, hija de Zeus. Me preguntaba cuántos monstruos me atacarían si abandonaba la colina Mestiza. Si me quedaba en casa todo el año académico, sin Quirón o mis otros amigos para ayudarme, ¿llegaríamos mi madre y yo vivos al siguiente verano? Eso suponiendo que los exámenes de deletrear y las redacciones de cinco párrafos no acabaran conmigo. Decidí bajar al estadio y practicar un poco con la espada. Quizá eso me aclararía las ideas. Las instalaciones del campamento, casi desiertas, refulgían al calor de agosto. Los campistas estaban en sus cabañas recogiendo, o de aquí para allá con escobas y mopas, preparándose para la inspección final. Argos ayudaba a algunas chicas de Afrodita con sus maletas de Gucci y juegos de maquillaje colina arriba, donde el miniautobús del campamento esperaba para llevarlas al aeropuerto. « Aún no pienses en marcharte —me dije—. Sólo entrena» . Me acerqué al estadio de los luchadores de espada y descubrí que Luke había tenido la misma idea. Su bolsa de deporte estaba al borde de la tarima. Trabajaba solo, entrenando contra maniquíes con una espada que nunca le había visto. Debía de ser de acero normal, porque estaba rebanándoles las cabezas a los maniquíes, abriéndoles las tripas de paja. Tenía la camiseta naranja de consejero empapada de sudor. Su expresión era tan intensa que su vida bien habría podido estar en peligro. Lo observé mientras destripaba la fila entera de maniquíes, les cercenaba las extremidades y los reducía a una pila de paja y armazón. Sólo eran maniquíes, pero aun así no pude evitar quedar fascinado con la habilidad de Luke. El tío era un guerrero increíble. Una vez más me pregunté cómo podía haber fallado en su misión. Al final me vio y se detuvo a medio lance. —Percy. —Oh… perdona. Yo sólo… —No pasa nada —dijo bajando la espada—. Sólo estoy haciendo unas prácticas de última hora. —Esos maniquíes ya no molestarán a nadie más. Luke se encogió de hombros. —Los reponemos cada verano. Entonces vi en su espada algo que me resultó extraño. La hoja estaba confeccionada con dos tipos de metal: bronce y acero. Luke se dio cuenta de que estaba mirándola. —¿Ah, esto? Un nuevo juguete. Ésta es Backbiter. —Vaya. Luke giró la hoja a la luz de modo que brillara. —Bronce celestial y acero templado —explicó—. Funciona tanto en mortales como en inmortales. Pensé en lo que Quirón me había dicho al empezar mi misión: que un héroe jamás debía dañar a los mortales a menos que fuera absolutamente necesario. —No sabía que se podían hacer armas como ésa. —Probablemente no se puede —coincidió Luke—. Es única. —Me dedicó una sonrisita y envainó la espada—. Oye, iba a buscarte. ¿Qué dices de una última incursión en el bosque, a ver si encontramos algo para luchar? No sé por qué vacilé. Debería haberme alegrado que Luke se mostrara tan amable. Desde mi regreso se había comportado de forma algo distante. Temía que me guardara rencor por la atención que estaba recibiendo. —¿Crees que es buena idea? —repuse—. Quiero decir… —Oh, vamos. —Rebuscó en su bolsa de deporte y sacó un pack de seis latas de Coca-Cola—. Las bebidas corren de mi cuenta. Miré las Coca-Colas, preguntándome de dónde demonios las habría sacado. No había refrescos mortales normales en la tienda del campamento, y tampoco era posible meterlos de contrabando, salvo quizá con la ayuda de un sátiro. Por supuesto, las copas mágicas de la cena se llenaban de lo que querías, pero no sabía exactamente igual que la Coca-Cola. Azúcar y cafeína. Mi fuerza de voluntad se desplomó. —Claro —decidí—. ¿Por qué no? Bajamos hasta el bosque y dimos una buena caminata buscando algún monstruo, pero hacía demasiado calor. Todos los monstruos con algo de seso estarían haciendo la siesta en sus fresquitas cuevas. Encontramos un lugar en sombra junto al arroyo donde le había roto la lanza a Clarisse durante mi primera partida de capturar la bandera. Nos sentamos en una roca grande, bebimos las Coca-Colas y observamos el paisaje. Al cabo de un rato, Luke preguntó: —¿Echas de menos ir de misión? —¿Con monstruos atacándome a cada paso? ¿Estás de broma? —Luke arqueó una ceja—. Vale, lo echo de menos —admití—. ¿Y tú? Su rostro se ensombreció. Estaba acostumbrado a oír decir a las chicas lo guapo que era Luke, pero en aquel instante parecía cansado, enfadado y nada atractivo. Su pelo rubio se veía gris a la luz del sol. La cicatriz de su rostro parecía más profunda de lo normal. Fui capaz de imaginarlo de viejo. —Llevo viviendo en la colina Mestiza desde que tenía catorce años —dijo—. Desde que Thalia… Bueno, ya sabes… He entrenado y entrenado y entrenado. Jamás conseguí ser un adolescente normal en el mundo real. Después me asignaron una misión, pero cuando volví fue como si me dijeran: « Hala, ya se ha terminado la diversión. Que tengas una buena vida» . Arrugó su lata y la arrojó al arroyo, lo cual me dejó alucinado de verdad.

Una de las primeras cosas que aprendes en el Campamento Mestizo es a no ensuciar. De lo contrario, las ninfas y las náyades te lo hacen pagar: cualquier día te metes en tu cama y te la encuentras llena de ciempiés y de barro. —A la porra con las coronas de laurel —dijo Luke—. No voy a terminar como esos trofeos polvorientos en el desván de la Casa Grande. —¿Piensas marcharte? Luke me sonrió maliciosamente. —Pues claro que sí, Percy. Te he traído aquí abajo para despedirme de ti. Chasqueó los dedos y al punto un pequeño fuego abrió un agujero en el suelo a mis pies. Del interior salió reptando algo negro y brillante, del tamaño de mi mano. Un escorpión. Hice ademán de agarrar mi boli. —Yo no lo haría —me advirtió Luke—. Los escorpiones del abismo saltan hasta cinco metros. El aguijón perfora la ropa. Estarás muerto en sesenta segundos. —Pero ¿qué…? Entonces lo comprendí. « Serás traicionado por quien se dice tu amigo» . —Tú… —musité. Se puso en pie tranquilamente y se sacudió los vaqueros. El escorpión no le prestó atención. Tenía sus ojos negros fijos en mí, mientras reptaba hacia mi zapato con el aguijón enhiesto. —He visto mucho en el mundo de ahí fuera, Percy —dijo Luke—. ¿Tú no? La oscuridad se congrega, los monstruos son cada vez más fuertes. ¿No te das cuenta de lo inútil que es todo esto? Los héroes son peones de los dioses. Tendrían que haber sido derrocados hace miles de años, pero han aguantado gracias a nosotros, los mestizos. No podía creer que aquello estuviera pasando. —Luke… estás hablando de nuestros padres —dije. Soltó una carcajada y luego agregó: —¿Y sólo por eso tengo que quererlos? Su preciosa civilización occidental es una enfermedad, Percy. Está matando el mundo. La única manera de detenerla es quemarla de arriba abajo y empezar de cero con algo más honesto. —Estás tan loco como Ares. Se le encendieron los ojos. —Ares es un insensato. Jamás se dio cuenta de quién era su auténtico amo. Si tuviese tiempo, Percy, te lo explicaría, pero me temo que no vivirás tanto. El escorpión empezó a trepar por la pernera de mi pantalón. Tenía que haber una salida a aquella situación. Necesitaba tiempo. —Cronos —dije—. Ése es tu amo. El aire se volvió repentinamente frío. —Deberías tener cuidado con los nombres que pronuncias —me advirtió Luke. —Cronos hizo que robaras el rayo maestro y el yelmo. Te hablaba en sueños. Percibí un leve tic en uno de sus ojos. —También te habló a ti, Percy. Tendrías que haberlo escuchado. —Te está lavando el cerebro, Luke. —Te equivocas. Me mostró que mi talento está desperdiciado. ¿Sabes qué misión me encomendaron hace dos años, Percy? Mi padre, Hermes, quería que robara una manzana dorada del Jardín de las Hespérides y la devolviera al Olimpo. Después de todo el entrenamiento al que me he sometido, eso fue lo mejor que se le ocurrió. —No es una misión fácil —dije—. Lo hizo Hércules. —Exacto. Pero ¿dónde está la gloria en repetir lo que otros ya han hecho? Lo único que saben hacer los dioses es repetir su pasado. No puse mi corazón en ello. El dragón del jardín me regaló esto. —Contrariado, señaló la cicatriz—. Y cuando regresé sólo obtuve lástima. Ya entonces quise derrumbar el Olimpo piedra a piedra, pero aguardé el momento oportuno. Empecé a soñar con Cronos, que me convenció de que robara algo valioso, algo que ningún héroe había tenido el valor de llevarse. Cuando nos fuimos de excursión durante el solsticio de invierno, mientras los demás campistas dormían, entré en la sala del trono y me llevé el rayo maestro de debajo de su silla. También el yelmo de oscuridad de Hades. No imaginas lo fácil que fue. Qué arrogantes son los Olímpicos; ni siquiera concebían que alguien pudiese robarles. Tienen un sistema de seguridad lamentable. Ya estaba en mitad de Nueva Jersey cuando oí los truenos y supe que habían descubierto mi robo. El escorpión estaba ahora en mi rodilla, mirándome con ojos brillantes. Intenté mantener firme mi voz. —¿Y por qué no le llevaste esos objetos a Cronos? La sonrisa de Luke desapareció. —Me… me confié en exceso. Zeus envió a sus hijos e hijas a buscar el rayo robado: Artemisa, Apolo, mi padre, Hermes. Pero fue Ares quien me pilló. Habría podido derrotarlo, pero no me atreví. Me desarmó, se hizo con el rayo y el yelmo y me amenazó con volver al Olimpo y quemarme vivo. Entonces la voz de Cronos vino a mí y me indicó qué decir. Persuadí a Ares de la conveniencia de una gran guerra entre los dioses. Le dije que sólo tenía que esconder los objetos robados durante un tiempo y luego regocijarse viendo cómo los demás peleaban entre sí. A Ares le brillaron los ojos con maldad. Supe que lo había engañado. Me dejó ir, y yo regresé al Olimpo antes de que notaran mi ausencia. —Luke desenvainó su nueva espada y pasó el pulgar por el canto, como hipnotizado por su belleza—. Después, el señor de los titanes… m-me castigó con pesadillas. Juré no volver a fracasar. De vuelta en el Campamento Mestizo, en mis sueños me dijo que llegaría un segundo héroe, alguien a quien

podría engañarse para llevar el rayo y el yelmo al Tártaro. —Tú invocaste al perro del infierno aquella noche en el bosque. —Teníamos que hacer creer a Quirón que el campamento no era seguro para ti, así te iniciaría en tu misión. Teníamos que confirmar sus miedos de que Hades iba tras de ti. Y funcionó. —Las zapatillas voladoras estaban malditas —dije—. Se suponía que tenían que arrastrarme a mí y a la mochila al Tártaro. —Y lo habrían hecho si las hubieses llevado puestas. Pero se las diste al sátiro, cosa que no formaba parte del plan. Grover estropea todo lo que toca. Hasta confundió la maldición. —Luke miró al escorpión, que ya estaba en mi muslo—. Deberías haber muerto en el Tártaro, Percy. Pero no te preocupes, te dejo con mi amigo para que arregle ese error. —Thalia dio su vida para salvarte —dije, y me rechinaban los dientes—. ¿Así es como le pagas? —¡No hables de Thalia! —gritó—. ¡Los dioses la dejaron morir! Ésa es una de las muchas cosas por las que pagarán. —Te están utilizando, Luke. Tanto a ti como a Ares. No escuches a Cronos. —¿Que me están utilizando? —Su voz se tornó aguda—. Mírate a ti mismo. ¿Qué ha hecho tu padre por ti? Cronos se alzará. Sólo has retrasado sus planes. Arrojará a los Olímpicos al Tártaro y devolverá a la humanidad a sus cuevas. A todos salvo a los más fuertes: los que le sirven. —Aparta este bicho —dije—. Si tan fuerte eres, pelea conmigo. Luke sonrió. —Buen intento, Percy, pero yo no soy Ares. A mí no vas a engatusarme. Mi señor me espera, y tiene misiones de sobra que darme. —Luke… —Adiós, Percy. Se avecina una nueva Edad de Oro, pero tú no formarás parte de ella. Trazó un arco con la espada y desapareció en una onda de oscuridad. El escorpión atacó. Lo aparté de un manotazo y destapé mi espada. El bichejo me saltó encima y lo corté en dos en el aire. Iba a felicitarme por mi rápida reacción cuando me miré la mano: tenía un verdugón rojo que supuraba una sustancia amarilla y despedía humo. Después de todo, el bichejo me había picado. Me latían los oídos y se me nubló la visión. Agua, pensé. Me había curado antes. Llegué al arroyo a trompicones y sumergí la mano, pero no ocurrió nada. El veneno era demasiado fuerte. Perdía la visión y apenas me mantenía en pie… « Sesenta segundos» , me había dicho Luke. Tenía que regresar al campamento. Si me derrumbaba allí, mi cuerpo serviría de cena para algún monstruo. Nadie sabría jamás qué había ocurrido. Sentí las piernas como plomo. Me ardía la frente. Avancé a tropezones hacia el campamento, y las ninfas se revolvieron en los árboles. —Socorro… —gemí—. Por favor… Dos de ellas me agarraron de los brazos y me arrastraron. Recuerdo haber llegado al claro, un consejero pidiendo ayuda, un centauro haciendo sonar una caracola. Después todo se volvió negro. Me desperté con una pajita en la boca. Sorbía algo que sabía a cookies de chocolate. Néctar. Abrí los ojos. Estaba en una cama de la enfermería de la Casa Grande, con la mano derecha vendada como si fuera un mazo. Argos montaba guardia en una esquina. Annabeth, sentada a mi lado, sostenía mi vaso de néctar y me pasaba un paño húmedo por la frente. —Aquí estamos otra vez —dije. —Cretino —dijo Annabeth, lo que me indicó lo contenta que estaba de verme consciente—. Estabas verde y volviéndote gris cuando te encontramos. De no ser por los cuidados de Quirón… —Bueno, bueno —intervino la voz de Quirón—. La constitución de Percy tiene parte del mérito. Estaba sentado junto a los pies de la cama en forma humana, motivo por el que aún no había reparado en él. Su parte inferior estaba comprimida mágicamente en la silla de ruedas; la superior, vestida con chaqueta y corbata. Sonrió, pero se le veía pálido y cansado, como cuando pasaba despierto toda la noche corrigiendo los exámenes de latín. —¿Cómo te encuentras? —preguntó. —Como si me hubieran congelado las entrañas y después las hubieran calentado en el microondas. —Bien, teniendo en cuenta que eso era veneno de escorpión del abismo. Ahora tienes que contarme, si puedes, qué ocurrió exactamente. Entre sorbos de néctar, les conté la historia. Cuando finalicé, hubo un largo silencio. —No puedo creer que Luke… —A Annabeth le falló la voz. Su expresión se tornó de tristeza y enfado—. Sí, sí puedo creerlo. Que los dioses lo maldigan… Nunca fue el mismo tras su misión. —Hay que avisar al Olimpo —murmuró Quirón—. Iré inmediatamente. —Luke aún está ahí fuera —dije—. Tengo que ir tras él. Quirón meneó la cabeza. —No, Percy. Los dioses… —No harán nada —espeté—. ¡Zeus ha dicho que el asunto estaba cerrado! —Percy, sé que esto es duro, pero ahora no puedes correr en busca de venganza. Primero tienes que reponerte, y después someterte a un duro entrenamiento. No me gustaba, pero Quirón tenía razón. Eché un vistazo a mi mano y supe que tardaría en volver a usar la espada. —Quirón, tu profecía del Oráculo era sobre Cronos, ¿no? ¿Aparecía yo en ella? ¿Y Annabeth? Quirón se revolvió con inquietud. —Percy, no me corresponde… —Te han ordenado que no me lo cuentes, ¿verdad? Sus ojos eran comprensivos pero tristes. —Serás un gran héroe, niño. Haré todo lo que pueda para prepararte. Pero si tengo razón sobre el camino que se abre ante ti… —Un súbito trueno retumbó haciendo vibrar las ventanas—. ¡Bien! —exclamó Quirón—. ¡Vale! —Exhaló un suspiro de frustración y añadió—: Los dioses tienen sus motivos, Percy. Saber demasiado del futuro de uno mismo nunca es bueno. —Pero no podemos quedarnos aquí sentados sin hacer nada —insistí. —No vamos a quedarnos sentados —prometió Quirón—. Pero debes tener cuidado. Cronos quiere que te deshilaches, que tu vida se trunque, que tus pensamientos se nublen de miedo e ira. No lo complazcas, no le des lo que desea. Entrena con paciencia. Llegará tu momento. —Suponiendo que viva tanto tiempo. Quirón me puso una mano en el tobillo. —Debes confiar en mí, Percy. Pero primero tienes que decidir tu camino para el próximo año. Yo no puedo indicarte la elección correcta… —Me dio la impresión de que tenía una opinión bastante formada, pero que prefería no aconsejarme—. Tienes que decidir si te quedas en el Campamento Mestizo todo el año, o regresas al mundo mortal para hacer séptimo curso y luego volver como campista de verano. Piensa en ello. Cuando regrese del Olimpo, debes comunicarme tu decisión. Quería hacerle más preguntas, pero su expresión me indicó que la discusión estaba zanjada; ya había dicho todo cuanto podía. —Regresaré en cuanto pueda —prometió—. Argos te vigilará. —Miró a Annabeth—. Oh, y querida… cuando estés lista, ya están aquí. —¿Quiénes están aquí? Nadie respondió. Quirón salió de la habitación. Oí su silla de ruedas alejarse por el pasillo y después bajar cuidadosamente los escalones. Annabeth estudió el hielo en mi bebida. —¿Qué pasa? —le pregunté. —Nada. —Dejó el vaso encima de la mesa—. He seguido tu consejo sobre algo. Tú… ¿necesitas algo? —Sí, ayúdame a incorporarme. Quiero salir fuera.

—Percy, no es buena idea. Saqué las piernas de la cama. Annabeth me sujetó antes de que me derrumbara al suelo. Tuve náuseas. —Te lo he dicho —refunfuñó Annabeth. —Estoy bien —insistí. No quería quedarme tumbado en la cama como un inválido mientras Luke rondaba por ahí planeando destruir el mundo occidental. Conseguí dar un paso. Después otro, aún apoyando casi todo mi peso en Annabeth. Argos nos siguió a prudente distancia. Cuando llegamos al porche, tenía el rostro perlado de sudor y el estómago hecho un manojo de nervios. Pero había conseguido llegar a la balaustrada. Estaba oscureciendo. El campamento parecía abandonado. La cabañas estaban a oscuras y la cancha de voleibol en silencio. Ninguna canoa surcaba el lago. Más allá de los bosques y los campos de fresas, el canal de Long Island Sound reflejaba la última luz del sol. —¿Qué vas a hacer? —me preguntó Annabeth. —No lo sé. Le dije que tenía la impresión de que Quirón quería que me quedara todo el año para seguir con mi entrenamiento personalizado, pero no estaba seguro. En cualquier caso, admití que me sentía mal por dejarla sola, con la única compañía de Clarisse… Annabeth apretó los labios y luego susurró: —Me marcho a casa a pasar el año, Percy. —¿Quieres decir con tu padre? —pregunté, mirándola a los ojos. Señaló la cima de la colina Mestiza. Junto al pino de Thalia, justo al borde de los límites mágicos del campamento, se recortaba la silueta de una familia: dos niños pequeños, una mujer y un hombre alto de pelo rubio. Parecían estar esperando. El hombre sostenía una mochila que se parecía a la que Annabeth había sacado del Waterland de Denver. —Le escribí una carta cuando volvimos —me contó Annabeth—, como tú habías dicho. Le dije que lo sentía. Que volvería a casa durante el año si aún me quería. Me contestó enseguida. Así que hemos decidido darnos otra oportunidad. —Eso habrá requerido valor. Apretó los labios. —¿Verdad que no vas a intentar ninguna tontería durante el año académico? O al menos no sin antes enviarme un mensaje iris. Sonreí. —No voy a buscarme problemas. Normalmente no hace falta. —Cuando vuelva el próximo verano —me dijo—, iremos tras Luke. Pediremos una misión, pero, si no nos la conceden, nos escaparemos y lo haremos igualmente. ¿De acuerdo?

—Parece un plan digno de Atenea. Chocamos las manos. —Cuídate, sesos de alga —me dijo—. Mantén los ojos abiertos. —Tú también, listilla. La vi marcharse colina arriba y unirse a su familia. Abrazó a su padre y miró el valle por última vez. Tocó el pino de Thalia y dejó que la condujeran más allá de la colina, hacia el mundo mortal. Por primera vez me sentí realmente solo en el campamento. Miré el Long Island Sound y recordé las palabras de mi padre: « Al mar no le gusta que lo contengan» . Tomé una decisión. Me pregunté si Poseidón la aprobaría. —Volveré el verano que viene —le prometí contemplando el cielo—. Sobreviviré hasta entonces. Después de todo, soy tu hijo. —Le pedí a Argos que me acompañara hasta la cabaña 3 para preparar mis bolsas y marcharme a casa.

Percy Jackson y el ladrón del rayo capítulo 21

 Saldo cuentas pendientes Es curioso cómo los humanos ajustan la mente a su versión de la realidad. Quirón ya me lo había dicho hacía mucho. Como de costumbre, en su momento no aprecié su sabiduría. Según los noticiarios de Los Ángeles, la explosión en la playa de Santa Mónica había sido provocada por un secuestrador loco al disparar con una escopeta contra un coche de policía. Los disparos habían acertado a una tubería de gas rota durante el terremoto. El secuestrador (alias Ares) era el mismo hombre que nos había raptado a mí y a otros dos adolescentes en Nueva York y nos había arrastrado por todo el país en una aterradora odisea de diez días. Después de todo, el pobrecito Percy Jackson no era un criminal internacional. Había causado un buen revuelo en el autobús Greyhound de Nueva Jersey al intentar escapar de su captor (a posteriori hubo testigos que aseguraron haber visto al hombre vestido de cuero en el autobús: « ¿Por qué no lo recordé antes?» ). El psicópata había provocado la explosión en el arco de San Luis; ningún chaval habría podido hacer algo así. Una camarera de Denver había visto al hombre amenazar a sus secuestrados delante de su restaurante, había pedido a un amigo que tomara una foto y lo había notificado a la policía. Al final, el valiente Percy Jackson (empezaba a gustarme aquel chaval) se había hecho con un arma de su captor en Los Ángeles y se había enfrentado a él en la playa. La policía había llegado a tiempo. Pero en la espectacular explosión cinco coches de policía habían resultado destruidos y el secuestrador había huido. No había habido bajas. Percy Jackson y sus dos amigos estaban a salvo bajo custodia policial. Fueron los periodistas quienes nos proporcionaron la historia. Nosotros nos limitamos a asentir, llorosos y cansados (lo cual no fue difícil), y representamos los papeles de víctimas ante las cámaras. —Lo único que quiero —dije tragándome las lagrimas—, es volver con mi querido padrastro. Cada vez que lo veía en la tele llamándome delincuente juvenil, algo me decía que todo terminaría bien. Y sé que querrá recompensar a todas las personas de esta bonita ciudad de Los Ángeles con un electrodoméstico gratis de su tienda. Éste es su número de teléfono. La policía y los periodistas, conmovidos, recolectaron dinero para tres billetes en el siguiente vuelo a Nueva York. No tenía otra elección que volar, así que confié en que Zeus aflojara un poco, dadas las circunstancias. Pero aun así me costó subir al avión. El despegue fue una pesadilla. Las turbulencias daban más miedo que los dioses griegos. No solté los reposabrazos hasta que aterrizamos sin problemas en La Guardia. La prensa local nos esperaba fuera, pero conseguimos evitarlos gracias a Annabeth, que los engañó gritándoles con la gorra de los Yankees puesta: « ¡Están allí, junto al helado de yogur! ¡Vamos!» . Y después volvió con nosotros a recogida de equipajes. Nos separamos en la parada de taxis. Les dije que volvieran al Campamento Mestizo e informaran a Quirón de lo que había pasado. Protestaron, y fue muy duro verlos marchar después de todo lo que habíamos pasado juntos, pero debía afrontar solo aquella última parte de la misión. Si las cosas iban mal, si los dioses no me creían… quería que Annabeth y Grover sobrevivieran para contarle la verdad a Quirón. Subí a un taxi y me encaminé a Manhattan. Treinta minutos más tarde entraba en el vestíbulo del edificio Empire State. Debía de parecer un niño de la calle, vestido con prendas ajadas y con el rostro arañado. Hacía por lo menos veinticuatro horas que no dormía. Me acerqué al guardia del mostrador y le dije: —Quiero ir al piso seiscientos. Leía un grueso libro con un mago en la portada. La fantasía no era lo mío, pero el libro debía de ser bueno, porque le costó lo suyo levantar la mirada. —Ese piso no existe, chaval. —Necesito una audiencia con Zeus. Me dedicó una sonrisa vacía. —¿Una audiencia con quién? —Ya me ha oído. Estaba a punto de decidir que aquel tipo no era más que un mortal normal y corriente, y que mejor me largaba antes de que llamara a los loqueros, cuando dijo: —Sin cita no hay audiencia, chaval. El señor Zeus no ve a nadie que no se haya anunciado. —Bueno, me parece que hará una excepción. —Me quité la mochila y la abrí. El guardia miró dentro el cilindro de metal y, por un instante, no comprendió qué era. Después palideció. —¿Esa cosa no será…? —Sí lo es, sí —le dije—. ¿Quiere que lo saque y…? —¡No! ¡No! —Brincó de su asiento, buscó presuroso un pase detrás del mostrador y me tendió la tarjeta—. Insértala en la ranura de seguridad. Asegúrate de que no haya nadie más contigo en el ascensor. Así lo hice. En cuanto se cerraron las puertas del ascensor, metí la tarjeta en la ranura. En la consola se iluminó un botón rojo que ponía « 600» . Lo apreté y esperé, y esperé. Se oía música ambiental y al final « ding» . Las puertas se abrieron. Salí y por poco me da un infarto.

Estaba de pie sobre una pequeña pasarela de piedra en medio del vacío. Debajo tenía Manhattan, a altura de avión. Delante, unos escalones de mármol serpenteaban alrededor de una nube hasta el cielo. Mis ojos siguieron la escalera hasta el final, y entonces no di crédito a lo que vi. « Volved a mirar» , decía mi cerebro. « Ya estamos mirando —insistían mis ojos—. Está ahí de verdad» . Desde lo alto de las nubes se alzaba el pico truncado de una montaña, con la cumbre cubierta de nieve. Colgados de una ladera de la montaña había docenas de palacios en varios niveles. Una ciudad de mansiones: todas con pórticos de columnas, terrazas doradas y braseros de bronce en los que ardían mil fuegos. Los caminos subían enroscándose hasta el pico, donde el palacio más grande de todos refulgía recortado contra la nieve. En los precarios jardines colgantes florecían olivos y rosales. Vislumbré un mercadillo al aire libre lleno de tenderetes de colores, un anfiteatro de piedra en una ladera de la montaña, un hipódromo y un coliseo en la otra. Era una antigua ciudad griega, pero no estaba en ruinas. Era nueva, limpia y llena de colorido, como debía de haber sido Atenas dos mil quinientos años atrás. « Este lugar no puede estar aquí» , me dije. ¿La cumbre de una montaña colgada encima de Nueva York como un asteroide de mil millones de toneladas? ¿Cómo algo así podía estar anclado encima del Empire State, a la vista de millones de personas, y que nadie lo viera? Pero allí estaba. Y allí estaba yo. Mi viaje a través del Olimpo discurrió en una neblina. Pasé al lado de unas ninfas del bosque que se reían y me tiraron olivas desde su jardín. Los vendedores del mercado me ofrecieron ambrosía, un nuevo escudo y una réplica genuina del Vellocino de Oro, en lana de purpurina, como anunciaba la Hefesto Televisión. Las nueve musas afinaban sus instrumentos para dar un concierto en el parque mientras se congregaba una pequeña multitud: sátiros, náyades y un puñado de adolescentes guapos que debían de ser dioses y diosas menores. Nadie parecía preocupado por una guerra civil inminente. De hecho, todo el mundo parecía estar de fiesta. Varios se volvieron para verme pasar y susurraron algo que no pude oír. Subí por la calle principal, hacia el gran palacio de la cumbre. Era una copia inversa del palacio del inframundo. Allí todo era negro y de bronce; aquí, blanco y con destellos argentados. Hades debía de haber construido su palacio a imitación de éste. No era bienvenido en el Olimpo salvo durante el solsticio de invierno, así que se había construido su propio Olimpo bajo tierra. A pesar de mi mala experiencia con él, lo cierto es que el tipo me daba un poco de pena. Que te negaran la entrada a aquel sitio parecía de lo más injusto. Amargaría a cualquiera. Unos escalones conducían a un patio central. Tras él, la sala del trono.

« Sala» no es exactamente la palabra adecuada. Aquel lugar hacía que la estación Grand Central de Nueva York pareciera un armario para escobas. Columnas descomunales se alzaban hasta un techo abovedado, en el que se desplazaban las constelaciones de oro. Doce tronos, construidos para seres del tamaño de Hades, estaban dispuestos en forma de U invertida, como las cabañas en el Campamento Mestizo. Una hoguera enorme ardía en el brasero central. Todos los tronos estaban vacíos salvo dos: el trono principal a la derecha, y el contiguo a su izquierda. No hacía falta que me dijeran quiénes eran los dos dioses que estaban allí sentados, esperando que me acercara. Avancé con piernas temblorosas. Como había hecho Hades, los dioses se mostraban en su forma humana gigante, pero apenas podía mirarlos sin sentir un cosquilleo, como si mi cuerpo fuera a arder en cualquier momento. Zeus, el señor de los dioses, lucía un traje azul marino de raya diplomática. El suyo era un trono sencillo de platino. Llevaba la barba bien recortada, gris, veteada de negro, como una nube de tormenta. Su rostro era orgulloso, hermoso y sombrío al mismo tiempo, y tenía los ojos de un gris lluvia. A medida que me acerqué a él, el aire crepitó y despidió olor a ozono. Sin duda el dios sentado a su lado era su hermano, pero vestía de manera muy distinta. Me recordó a uno de esos playeros permanentes de Cayo Hueso. Llevaba sandalias de cuero, pantalones cortos caqui y una camiseta de las Bahamas con estampado de cocos y loros. Estaba muy bronceado y sus manos se veían surcadas de cicatrices, como un viejo pescador. Tenía el pelo negro, como el mío. Su rostro poseía la misma mirada inquietante que siempre me había señalado como rebelde. Pero sus ojos, del verde del mar, también como los míos, estaban rodeados de arrugas provocadas por el sol, lo que sugería que solía reír. Su trono era una silla de pescador. Ya sabes, el típico asiento giratorio de cuero negro con una funda acoplada para afirmar la caña. En lugar de una caña, la funda sostenía un tridente de bronce, cuyas puntas despedían una luminiscencia verdosa. Los dioses no se movían ni hablaban, pero había tensión en el aire, como si acabaran de discutir. Me acerqué al trono de pescador y me arrodillé a sus pies. —Padre. —No me atreví a levantar la cabeza. El corazón me iba a cien por hora. Sentía la energía que emanaba de los dos dioses. Si decía lo incorrecto, me fulminarían en el acto. A mi izquierda, habló Zeus: —¿No deberías dirigirte primero al amo de la casa, chico? Mantuve la cabeza gacha y esperé. —Paz, hermano —dijo por fin Poseidón. Su voz removió mis recuerdos más lejanos: el brillo cálido que había sentido de bebé, su mano sobre mi frente—. El muchacho respeta a su padre. Es lo correcto. —¿Sigues reclamándolo, pues? —preguntó Zeus, amenazador—. ¿Reclamas a este hijo que engendraste contra nuestro sagrado juramento? —He admitido haber obrado mal. Ahora quisiera oírlo hablar. « Haber obrado mal…» . Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Eso es todo lo que yo era? ¿Una mala obra? ¿El resultado del error de un dios? —Ya le he perdonado la vida una vez —rezongó Zeus—. Atreverse a volar a través de mi reino… ¡Bueno! Debería haberlo fulminado al instante por su insolencia. —¿Y arriesgarte a destruir tu propio rayo maestro? —replicó Poseidón con calma—. Escuchémoslo, hermano. Zeus refunfuñó un poco más y decidió: —Escucharé. Después me pensaré si lo arrojo del Olimpo o no. —Perseus —dijo Poseidón—. Mírame. Lo hice, y su rostro no me indicó nada. No había ninguna señal de amor o aprobación, nada que me animase. Era como mirar el océano: algunos días veías de qué humor estaba, aunque la mayoría resultaba ilegible y misterioso. Tuve la impresión de que Poseidón no sabía realmente qué pensar de mí. No sabía si estaba contento de tenerme como hijo o no. Aunque resulte extraño, me alegré de que se mostrara tan distante. Si hubiese intentado disculparse, o decirme que me quería, o sonreír siquiera, habría parecido falso, como un padre humano que buscara alguna excusa para justificar su ausencia. Podía vivir con aquello. Después de todo, tampoco yo estaba muy seguro de él. —Dirígete al señor Zeus, chico —me ordenó Poseidón—. Cuéntale tu historia. Así pues, conté todo lo ocurrido, con pelos y señales. Luego saqué el cilindro de metal, que empezó a chispear en presencia del dios del cielo, y lo dejé a sus pies. Se produjo un largo silencio, sólo interrumpido por el crepitar de la hoguera. Zeus abrió la palma de la mano. El rayo maestro voló hasta allí. Cuando cerró el puño, los extremos metálicos zumbaron por la electricidad hasta que sostuvo lo que parecía más un relámpago, una jabalina cargada de energía sonora que me erizó la nuca. —Presiento que el chico dice la verdad —murmuró Zeus—. Pero que Ares haya hecho algo así… es impropio de él. —Es orgulloso e impulsivo —comentó Poseidón—. Le viene de familia. —¿Señor? —tercié. Ambos respondieron al unísono: —¿Sí? —Ares no actuó solo. La idea se le ocurrió a otro, a otra cosa. Describí mis sueños y aquella sensación experimentada en la playa, aquel fugaz aliento maligno que pareció detener el mundo y evitó que Ares me matara.

—En los sueños —proseguí—, la voz me decía que llevara el rayo al inframundo. Ares sugirió que él también había soñado. Creo que estaba siendo utilizado, como yo, para desatar una guerra. —¿Acusas a Hades, después de todo? —preguntó Zeus. —No —contesté—. Quiero decir, señor Zeus, que he estado en presencia de Hades. La sensación de la playa fue diferente. Fue lo mismo que sentí cuando me acerqué al foso. Es la entrada al Tártaro, ¿no? Algo poderoso y malvado se está desperezando allí abajo… algo más antiguo que los dioses. Poseidón y Zeus se miraron. Mantuvieron una discusión rápida e intensa en griego antiguo. Sólo capté una palabra: « Padre» . Poseidón hizo alguna sugerencia, pero Zeus cortó por lo sano. Poseidón intentó discutir. Molesto, Zeus levantó una mano. —Asunto concluido —dijo—. Tengo que ir a purificar este relámpago en las aguas de Lemnos, para limpiar la mancha humana del metal. —Se levantó y me miró. Su expresión se suavizó ligeramente—. Me has hecho un buen servicio, chico. Pocos héroes habrían logrado tanto. —Tuve ayuda, señor —respondí—. Grover Underwood y Annabeth Chase… —Para mostrarte mi agradecimiento, te perdonaré la vida. No confío en ti, Perseus Jackson. No me gusta lo que tu llegada supone para el futuro del Olimpo, pero, por el bien de la paz en la familia, te dejaré vivir. —Esto… gracias, señor. —Ni se te ocurra volver a volar. Que no te encuentre aquí cuando vuelva. De otro modo, probarás este rayo. Y será tu última sensación. El trueno sacudió el palacio. Con un relámpago cegador, Zeus desapareció. Me quedé solo en la sala del trono con mi padre. —Tu tío —suspiró Poseidón— siempre ha tenido debilidad por las salidas dramáticas. Le habría ido bien como dios del teatro. Un silencio incómodo. —Señor —pregunté—, ¿qué había en el foso? —¿No te lo has imaginado ya? —¿Cronos? ¿El rey de los titanes? Incluso en la sala del trono del Olimpo, muy lejos del Tártaro, el nombre « Cronos» oscureció la estancia, haciendo que la hoguera a mi espalda no pareciera tan cálida. Poseidón agarró su tridente. —En la primera guerra, Percy, Zeus cortó a nuestro padre Cronos en mil pedazos, justo como Cronos había hecho con su propio padre, Urano. Zeus arrojó los restos de Cronos al foso más oscuro del Tártaro. El ejército titán fue desmembrado, su fortaleza en el monte Etna destruida y sus monstruosos aliados desterrados a los lugares más remotos de la tierra. Aun así, los titanes no pueden morir, del mismo modo que tampoco podemos morir los dioses. Lo que queda de Cronos sigue vivo de alguna espantosa forma, sigue consciente de su dolor eterno, aún hambriento de poder. —Se está curando —dije—. Está volviendo. Poseidón negó con la cabeza. —De vez en cuando, a lo largo de los eones, Cronos se despereza. Se introduce en las pesadillas de los hombres e inspira malos pensamientos. Despierta monstruos incansables de las profundidades. Pero sugerir que puede levantarse del foso es otro asunto. —Eso es lo que pretende, padre. Es lo que dijo. Poseidón guardó silencio durante un largo momento. —Zeus ha cerrado la discusión sobre este asunto. No va a permitir que se hable de Cronos. Has completado tu misión, niño. Eso es todo lo que tenías que hacer. —Pero… —Me interrumpí. Discutir no iba a servir de nada. De hecho, bien podría enfadar a mi padre—. Como… deseéis, padre. Una débil sonrisa se dibujó en sus labios. —La obediencia no te surge de manera natural, ¿verdad? —No… señor. —En parte es culpa mía, supongo. Al mar no le gusta que lo contengan. —Se irguió en toda su estatura y recogió su tridente. Entonces emitió un destello y adoptó el tamaño de un hombre normal—. Debes marcharte, niño. Pero primero tienes que saber que tu madre ha vuelto. Impresionado, lo miré fijamente y pregunté: —¿Mi madre? —La encontrarás en casa. Hades la envió de vuelta cuando recuperaste su yelmo. Incluso el Señor de los Muertos paga sus deudas. El corazón me latía desbocado. No podía creérmelo. —¿Vais a… querríais…? Quería preguntarle a Poseidón si le apetecía venir conmigo a verla, pero entonces reparé en que eso era ridículo. Me imaginé al dios del mar en un taxi camino del Upper East Side. Si hubiese querido ver a mi madre durante todos éstos años, lo habría hecho. Y también había que pensar en Gabe el Apestoso. Los ojos de Poseidón adquirieron un tinte de tristeza. —Cuando regreses a casa, Percy, deberás tomar una decisión importante. Encontrarás un paquete esperándote en tu habitación. —¿Un paquete? —Lo entenderás cuando lo veas. Nadie puede elegir tu camino, Percy. Debes decidirlo tú. Asentí, aunque no sabía a qué se refería. —Tu madre es una reina entre las mujeres —declaró Poseidón con añoranza —. No he conocido una mortal como ella en mil años. Aun así… lamento que nacieras, niño. Te he deparado un destino de héroe, y el destino de los héroes nunca es feliz. Es trágico en todas las ocasiones. Intenté no sentirme herido. Allí estaba mi propio padre, diciéndome que lamentaba que yo hubiese nacido. —No me importa, padre. —Puede que aún no —dijo—. Aún no. Pero aquello fue un error imperdonable por mi parte. —Os dejo, pues. —Hice una reverencia incómoda—. N-no os molestaré otra vez. Me había alejado cinco pasos cuando me llamó. —Perseus. —Me volví. Había un fulgor en sus ojos, una especie de orgullo fiero—. Lo has hecho muy bien, Perseus. No me malinterpretes. Hagas lo que hagas, debes saber que eres hijo mío. Eres un auténtico hijo del dios del mar. Cuando regresé caminando por la ciudad de los dioses, las conversaciones se detuvieron. Las musas interrumpieron su concierto. Todos, personas, sátiros y náyades, se volvieron hacia mí con expresiones de respeto y gratitud, y cuando pasé junto a ellos se inclinaron como si yo fuera un héroe de verdad. Quince minutos más tarde, aún en trance, ya estaba de vuelta en las calles de Manhattan. Fui en taxi hasta el apartamento de mi madre, llamé al timbre y allí estaba: mi preciosa madre, con aroma a menta y regaliz, cuyo cansancio y preocupación desaparecieron de su rostro al verme. —¡Percy! Oh, gracias al cielo. Oh, mi niño. Me dio un fuerte abrazo y nos quedamos en el pasillo, mientras ella sollozaba y me acariciaba el pelo. Lo admitiré: también yo tenía los ojos llorosos. Temblaba de emoción, tan aliviado me sentía. Me dijo que sencillamente había aparecido en el apartamento aquella mañana y Gabe casi se había desmayado del susto. No recordaba nada desde el Minotauro, y no podía creerse lo que le había contado Gabe: que yo era un criminal buscado, que había viajado por todo el país y había estropeado monumentos nacionales de incalculable valor. Se había vuelto loca de preocupación todo el día porque no había oído las noticias. Gabe la había obligado a ir a trabajar, puesto que tenía un sueldo que ganar. Me tragué la ira y le conté mi historia. Intenté suavizarla para que pareciera menos horrible de lo que en realidad había sido, pero no era tarea fácil. Estaba a punto de llegar a la pelea con Ares cuando la voz de Gabe me interrumpió desde el salón. —¡Eh, Sally! ¿Ese pastel de carne está listo o qué? Cerró los ojos. —No va a alegrarse de verte, Percy. La tienda ha recibido hoy medio millón de llamadas desde Los Angeles… Algo sobre unos electrodomésticos gratis.

—Ah, sí. Sobre eso… Consiguió lanzarme una sonrisita. —No lo enfades más, ¿vale? Venga, pasa. Durante mi ausencia el apartamento se había convertido en Tierra de Gabe. La basura llegaba a los tobillos en la alfombra. El sofá había sido retapizado con latas de cerveza y de las pantallas de las lámparas colgaban calcetines sucios y ropa interior. Gabe y tres de sus amigotes jugaban al póquer en la mesa. Cuando Gabe me vio, se le cayó el puro y la cara se le congestionó. —¿Cómo… cómo tienes la desfachatez de aparecer aquí, pequeña sabandija? Creía que la policía… —No es un fugitivo —intervino mi madre sonriendo—. ¿No es maravilloso, Gabe? Nos miró boquiabierto. Estaba claro que mi vuelta a casa no le parecía tan maravillosa. —Ya es bastante malo que tuviera que devolver el dinero de tu seguro de vida, Sally —gruñó—. Dame el teléfono. Voy a llamar a la policía. —¡Gabe, no! Él arqueó las cejas. —¿Dices que no? ¿Crees que voy a aguantar a este monstruo en ciernes en mi casa? Aún puedo presentar cargos contra él por destrozarme el Cámaro. —Pero… Levantó la mano y mi madre se estremeció. Entonces comprendí algo: Gabe había pegado a mi madre. No sabía cuándo ni cómo, pero estaba seguro de que lo había hecho. Quizá llevaba años haciéndolo sin que yo me enterase. La ira empezó a expandirse en mi pecho. Me acerqué a Gabe, sacando instintivamente mi bolígrafo del bolsillo. Él se echó a reír. —¿Qué, pringado? ¿Vas a escribirme encima? Si me tocas, irás a la cárcel para siempre, ¿te enteras? —Vale ya, Gabe —lo interrumpió su colega Eddie—. Sólo es un crío. Gabe lo fulminó con la mirada e imitó con voz de falsete: —Sólo es un crío. Sus otros colegas rieron como idiotas. —Está bien. Seré amable. —Gabe me enseñó unos dientes manchados de tabaco y añadió—: Tienes cinco minutos para recoger tus cosas y largarte. Si no, llamaré a la policía. —¡Gabe, por favor! —suplicó mi madre. —Prefirió huir de casa —repuso él—. Muy bien, pues que siga huido. Me moría de ganas por destapar Anaklusmos, pero la hoja no hería a los humanos. Y Gabe, en la definición más pobre del término, era humano.

Mi madre me agarró del brazo. —Por favor, Percy. Vamos. Iremos a tu cuarto. Permití que me apartara. Las manos aún me temblaban de ira. Mi habitación estaba abarrotada de la basura de Gabe: baterías de coche estropeadas, trastos y chismes de toda índole, e incluso un ramo de flores medio podridas que alguien le había enviado tras ver su entrevista con Barbara Walters. —Gabe sólo está un poco disgustado, cariño —me dijo mi madre—. Hablaré con él más tarde. Estoy segura de que funcionará. —Mamá, nunca funcionará. No mientras él siga aquí. Ella se frotó las manos, nerviosa. —Mira… te llevaré a mi trabajo el resto del verano. En otoño a lo mejor encontramos otro internado… —Déjalo ya, mamá. Bajó la mirada. —Lo intento, Percy. Sólo… que necesito algo de tiempo. De pronto apareció un paquete en mi cama. Por lo menos, habría jurado que un instante antes no estaba allí. Era una caja de cartón del tamaño de una pelota de baloncesto. La dirección estaba escrita con mi caligrafía: Los Dioses Monte Olimpo Planta 600 Edificio Empire State Nueva York, NY Con mis mejores deseos, PERCY JACKSON Encima, escrita con la letra clara de un hombre, leí la dirección de nuestro apartamento y las palabras: « DEVOLVER AL REMITENTE» . De repente comprendí lo que Poseidón me había dicho en el Olimpo: un paquete y una decisión. « Hagas lo que hagas, debes saber que eres hijo mío. Eres un auténtico hijo del dios del mar» . Miré a mi madre. —Mamá, ¿quieres que desaparezca Gabe? —Percy, no es tan fácil. Yo… —Mamá, contesta. Ese cretino te ha pegado. ¿Quieres que desaparezca o no? Vaciló, y después asintió levemente. —Sí, Percy. Quiero, e intento reunir todo mi valor para decírselo. Pero eso no puedes hacerlo tú por mí. No puedes resolver mis problemas. Miré la caja. Sí podía resolverlos. Si la llevaba a la mesa de póquer y sacaba su contenido, podría empezar mi propio jardín de estatuas justo allí, en el salón. Eso es lo que un héroe griego habría hecho, pensé. Era lo que Gabe se merecía. Pero la historia de un héroe siempre acaba en tragedia, como había dicho Poseidón. Recordé el inframundo. Pensé en el espíritu de Gabe vagando eternamente en los Campos de Asfódelos, o condenado a alguna tortura terrible tras la alambrada de espino de los Campos de Castigo: una partida de póquer eterna, sumergido hasta la cintura en aceite hirviendo y escuchando ópera. ¿Tenía yo derecho a enviar a alguien allí, incluso tratándose de alguien tan despreciable como Gabe? Un mes antes no lo habría dudado. Ahora… —Puedo hacerlo —le dije a mi madre—. Una miradita dentro de esta caja y no volverá a molestarte. Mi madre miró el paquete y lo comprendió. —No, Percy —dijo apartándose—. No puedes. —Poseidón te llamó reina —le dije—. Me contó que no había conocido a una mujer como tú en mil años. —Percy… —musitó ruborizándose. —Mereces algo mejor que esto, mamá. Deberías ir a la universidad, obtener tu título. Podrías escribir tu novela, conocer a un buen hombre, vivir en una casa bonita. Ya no tienes que protegerme quedándote con Gabe. Deja que me deshaga de él. Se secó una lágrima de la mejilla. —Hablas igual que tu padre —dijo—. Una vez me ofreció detener la marea y construirme un palacio en el fondo del mar. Creía que podía resolver mis problemas con un simple ademán. —¿Y qué hay de malo en eso? Sus ojos multicolores parecieron indagar en mi interior. —Creo que lo sabes, Percy. Te pareces lo bastante a mí para entenderlo. Si mi vida tiene que significar algo, debo vivirla por mí misma. No puedo dejar que un dios o mi hijo se ocupen de mí… Tengo que encontrar yo sola el sentido de mi existencia. Tu misión me lo ha recordado. Oímos el sonido de las fichas de póquer e improperios, y el canal deportivo ESPN en el televisor del salón. —Dejaré la caja aquí —dije—. Si él te amenaza… Ella asintió con aire triste. —¿Adónde piensas ir, Percy? —A la colina Mestiza. —¿Para verano… o para siempre? —Supongo que eso depende. Nos miramos y tuve la sensación de que habíamos alcanzado un acuerdo. Ya veríamos cómo estaban las cosas al final del verano.

Me besó en la frente. —Serás un héroe, Percy. El mayor héroe de todos. Volví a mirar mi habitación e intuí que ya no volvería a verla. Después fui con mi madre hasta la puerta principal. —¿Te marchas tan pronto, pringado? —me gritó Gabe por detrás—. ¡Hasta nunca! Tuve un último momento de duda. ¿Cómo podía desperdiciar la oportunidad de darle su merecido a aquel bruto? Me iba sin salvar a mi madre. —¡Sally! —gritó él—. ¿Qué pasa con ese pastel de carne? Una mirada de ira refulgió en los ojos de mi madre y pensé que, después de todo, quizá sí estaba dejándola en buenas manos. Las suyas propias. —El pastel de carne llega en un minuto, cariño —le contestó—. Pastel de carne con sorpresa. Me miró y me guiñó un ojo. Lo último que vi cuando la puerta se cerraba fue a mi madre observando a Gabe, como si evaluara qué tal quedaría como estatua de jardín.

Percy Jackson y el mar de los mounstros capítulo 3

 LLAMAMOS AL TAXI DEL TORMENTO ETERNO Annabeth nos estaba esperando en un callejón por la calle Church. Sacó a Tyson y mí de la acera, justo...