sábado, 6 de enero de 2024

Percy Jackson y el ladrón del rayo, capítulo 3

 INESPERADAMENTE GROVER PIERDE SUS PANTALONES Confesión: Abandoné a Grover tan pronto como estuvimos en la Terminal de autobuses. Ya sé, ya sé. Fue grosero. Pero Grover me estaba asustando, mirándome como si fuese hombre muerto murmurando “¿Por qué siempre pasa esto?” y “¿Por qué siempre tiene que ser sexto grado?” Como sea fue molesto, la vejiga de Grover entró en acción, por eso no me sorprendió, tan pronto como nos bajamos del autobús, que me hiciera prometerle que esperaría por él, y luego zigzagueó por los baños. En lugar de esperar, tomé mi chaqueta, salí y tomé el primer taxi hacia el centro.  — Este ciento cuatro y la primera – le dije al conductor  Algo acerca de mi madre, antes de que la conozcan. Su nombre es Sally Jackson y es la mejor persona del mundo, lo que prueba mi teoría de que las mejores personas tienen la peor suerte. Sus padres murieron al estrellarse su avión, cuando ella tenía cinco años, y fue criada por su tío a quien no le importaba mucho. Ella quería ser novelista, así que paso la preparatoria trabajando para ahorrar dinero para la universidad con un buen programa de escritura y creatividad. Después su tío enfermó de cáncer y ella tuvo que abandonar la escuela en su último año para cuidarlo. Después de que él muriera, ella se quedó sin dinero, sin familia y sin un diploma. Lo único bueno que le pudo pasar fue conocer a mi papá. No tengo recuerdos sobre él. Ella sólo me dijo que era rico e importante, y que su relación era un secreto. Un día, el tuvo que partir en un viaje a través del Atlántico, y jamás volvió. Se perdió en el mar, decía mamá. No murió. Sólo se perdió en el mar. Ella hacía trabajos pesados, tomaba clases nocturnas para obtener su diploma de preparatoria, y me criaba por su cuenta. Nunca se quejó o enojó. Ni una sola vez. Pero yo sabía que no era un chico tranquilo. Finalmente, se casó con Gabe Ugliano, quien fue simpático los primeros treinta segundos que lo conocimos, y después mostró su verdadera cara de imbécil de primera. Cuando era pequeño, lo apodé “Oloroso Gabe”. Lo siento pero es verdad. El tipo apestaba a pizza rancia y calzoncillos de gimnasio.  

Entre los dos, le hicimos difícil la vida a mi mamá. La forma en que el Oloroso Gabe la trataba, la forma en que nos llevábamos… bien, cuando llego a casa es un buen ejemplo. Entré en nuestro pequeño apartamento, esperando que mamá ya hubiese regresado del trabajo. En su lugar, el oloroso Gabe estaba en la sala, jugando póker con sus amigos. La televisión estaba en ESPN.  Papas fritas y latas de cerveza estaban tiradas por todos lados de la alfombra. A penas me miró y sin quitarse su cigarro dijo: —Así que estás en casa —¿Dónde está mamá?  —Trabajando – dijo - ¿Tienes dinero? Era todo. Ningún: Bienvenido a casa, que bueno verte, ¿Qué ha sido de tu vida en los últimos seis meses? Gave había engordado. Parecía una morsa sin colmillos con ropa de tienda barata.  Tenía cerca de tres cabellos en su cabeza, todos relamidos sobre su cuero cabelludo, como si eso lo hiciera verse guapo o algo así. Él manejaba Electrónicos Mega – Mart en Queens, pero se la pasaba en casa la mayor parte del tiempo. No entiendo por qué aun no lo han despedido. Se ha mantenido coleccionando sus cheques de pago, gastando el dinero en comprar cigarros que me hacen sentir nauseas, y en cerveza, por supuesto. Siempre cerveza. Cada que estaba en casa, esperaba que sustentara su fondo de apuestas. Lo llamaba nuestro “trato de chicos”. En otras palabras, si le decía a mamá, él me golpearía. —No tengo – le dije Levanto una de sus grasientas cejas.  Gabe podría oler el dinero como un perro de cacería a la sangre, lo que era sorprendente, dado que su propio olor debería haber cubierto todo. —Tomaste un taxi desde la estación de autobuses – dijo – Probablemente pagaste con uno de veinte. Tienes seis, siete dólares de cambio. Alguien que espera vivir bajo este techo, debería tener su propio peso. ¿Estoy en lo correcto Eddie? Eddie, el intendente del edificio me miró con un poco de simpatía – Vamos Gabe – dijo – el chico acaba de llegar. — ¿Estoy en lo correcto? – repitió Gabe Eddie miro con el ceño fruncido su tazón de pretzels. Los otros dos tipos pasaron gas en armonía. 

—Está bien – dije. Saqué unos dólares de mi bolsillo y los arrojé sobre la mesa – espero que pierdas — ¡Tus calificaciones llegaron, cerebrito! – gritó tras de mí – ¡Yo no actuaría tan petulante! Azoté la puerta de mi cuarto, aunque en realidad no lo era. Durante los meses de escuela, era el “estudio” de Gabe. Él no estudiaba nada allí, salvo viejas revistas de autos, pero amaba empujar mis cosas al armario, dejar sus botas fangosas en mi alféizar, y hacía su mejor esfuerzo por hacer que el lugar oliera a su asquerosa colonia, cigarros y cerveza rancia. Dejé mi chaqueta en la cama. Hogar dulce hogar. El olor de Gabe era casi tan malo como las pesadillas acerca del señor Dods, o el sonido de esa vieja mujer al cortar el estambre.  Tan pronto como pensé en ello, sentí débiles las piernas. Recordé la mirada de pánico de Grover – como me hizo prometer que no volvería a casa sin él. Un escalofrío repentino me atravesó. Sentí como si alguien – algo – estuviese mirándome en ese instante, quizás marcando su camino hasta las escaleras, con sus largas y horribles garras. Luego escuche la voz de mi mamá - ¿Percy? Abrió la puerta de la habitación y mis miedos se esfumaron. Mi mamá puede hacerme sentir bien con tan sólo entrar en la habitación. Sus ojos brillaron y cambiaron de color con la luz. Su sonrisa es tan cálida como una colcha. Tiene algunas canas mezcladas con su largo cabello café, pero nunca he pensado en ella como vieja. Cuando me mira, es como si viese todas las cosas buenas que hay en mí, ninguna mala. Nunca la he escuchado alzar la voz o decir una mala palabra a nadie, ni siquiera a mí o a Gabe.  —OH Percy – me abrazó fuerte – No puedo creerlo. Creciste desde la navidad. Su uniforme rojo, azul y blanco de “Sweet on América”, olía como a las mejores cosas en el mundo: chocolate, licor, y todas las otras cosas que ella vendía en la dulcería en Grand Central. Me había traído una bolsa de muestras gratis, como hacía siempre que estaba en casa. Nos sentamos juntos en el borde de la cama. Mientras comía unas agridulces tiras de mora azul, ella paso su mano por mi cabello exigiendo saber todo lo que no había puesto en mis cartas. No mencionó nada acerca de mi expulsión. No parecía importarle. ¿Pero estaba bien? ¿Su pequeño niño estaba haciendo bien las cosas? Le dije que me estaba asfixiando, que me dejara y esas cosas, pero la verdad, pero la verdad estaba muy, muy emocionado de verla. Desde la otra habitación, Gabe gritó - ¡Hey Sally! ¿Qué tal un poco de dip de frijoles? Rechiné los dientes. 

Mi mamá es la mejor dama del mundo. Debería estar casada con un millonario y no con un imbécil como Gabe. Por su bien, he intentado sonar optimista acerca de mis últimos días en la Academia Yancy. Le dije que no estaba deprimido por la expulsión. Esta vez había durado casi todo el año. Había hecho algunos amigos nuevos. Me fue bien en latín. Y honestamente, las peleas no habían sido tan malas como había dicho el director. Me gustaba la Academia Yancy. En verdad me gustaba. Me esforcé durante el año, que casi me convencí. Había empezado mal, pensando en Grover y el señor Brunner. Incluso Nancy Bobofit de pronto no pareció tan mala. Hasta ese viaje al museo… —¿Qué? – me preguntó mamá. Sus ojos penetraban mi mente, tratando de sacar los secretos. - ¿Algo te asusta? —No mamá Me sentía mal mintiendo, quería contarle acerca del señor Dods y las tres ancianas con el estambre, pero creí que sonaría estúpido. Ella frunció los labios. Sabía que no le estaba contando todo, pero no me presionó. —Tengo una sorpresa para ti – me dijo – Iremos a la playa Abrí mucho los ojos - ¿Montauk? —Tres noches, misma cabaña — ¿Cuando? Ella sonrió – Tan pronto como me cambie No podía creerlo. Mi mamá y yo no habíamos ido a Montauk los dos veranos pasados, porque Gabe había dicho que no había suficiente dinero. Gabe apareció en el marco de la puerta y gruñó - Dip de fríjol Sally, ¿no me escuchaste? Quería golpearlo, pero me encontré con la mirada de mi madre y entendí que me ofrecía un trato: se amable con Gabe sólo un poco más. Sólo hasta que estuviese lista para ir a Montauk. Luego nos iríamos de allí. —Estaba por ir, cariño – le dijo a Gabe – sólo estábamos hablando del viaje Los ojos de Gabe se entrecerraron. – ¿El viaje?¿Estabas hablando en serio respecto a eso? —Lo sabía – refunfuñé – no nos dejara ir —Claro que lo hará – dijo mamá firmemente – Tu padrastro sólo se preocupa por el dinero. Eso es todo. Además – agregó - Gabriel no tendrá que conformarse sólo con dip fríjol, le haré lo suficiente para todo el fin de semana. Guacamole. Crema agria. Las sobras. Gabe se suavizó un poco. – Este dinero para el viaje… saldrá de lo que gastas en ropa ¿verdad?  —Si cariño – le contesto mamá —Y no usarás mi carro salvo para ir y regresar —Tendremos cuidado Gabe rascó su barba partida. – Quizá si te apresuras con esa botana y si el chico se disculpa por interrumpir mi juego de póker. Quizá si te golpeo en tu punto débil – pensé – y te hago cantar como soprano por una semana Pero la mirada de mamá me advirtió sobre molestarlo. ¿Por qué lo defendía? Quería gritar. ¿Por qué le importaba lo que él pensara? —Lo siento – dije – de veras lo siento, por interrumpir tu tan importante juego de póker. Por favor regresa ya mismo. Gabe cerró más los ojos. Su pequeño cerebro intentaba encontrar el sarcasmo en mis palabras.  —Si, como sea – declaro Y volvió a su juego. —Gracias Percy – me dijo mamá – cuando hayamos llegado a Montauk, seguiremos hablando acerca de… lo que sea que no me hayas dicho ¿está bien? Por un momento, pensé ver ansiedad en su mirada – el mismo miedo que pensé ver en Grover durante el viaje en autobús – como si mamá también sintiera algo extraño en el aire. Pero su sonrisa volvió, y pensé que estaba equivocado. Revolvió mi cabello y se fue a hacer la botana de Gabe. Una hora después estábamos listos para irnos. Gabe tomo un descanso lo suficientemente grande de su juego para verme llevar las maletas de mamá al auto. Se mantuvo quejándose y lloriqueando acerca de extrañar la comida de mamá – y más importante aún, su Camaro 78 - por el fin de semana. —Ni un rasguño al carro, cerebrito – me advirtió mientras llevaba la ultima maleta – ni un pequeño rasguño. Como si yo fuese a manejar, tenía solo doce años. Pero eso no le importaba a Gabe. Si una gaviota ensuciaba la pintura, encontraría la manera de culparme. Viéndolo regresar al apartamento, me enojé tanto que hice algo que no me puedo explicar. Mientras Gabe alcanzaba el umbral de la puerta, hice el gesto con la mano que le ví hacer a Grover en el autobús, una especie de gesto de escudo protector, una mano con garras sobre mi corazón, a continuación, un movimiento de empuje tras Gabe. La puerta se cerró tan duramente golpeándole en el trasero y le envió volando por la escalera como si él hubiera sido disparado desde un cañón. Tal vez fue sólo el viento, o algún extraño accidente con las bisagras, pero yo no permanecería el tiempo suficiente para averiguarlo. Me metí en el Camaro y le dije a mi madre que hiciera lo mismo. Nuestra cabaña de alquiler estaba en la costa sur, cerca de la punta de Long Island. Fue un pequeño pastel cuadrado con cortinas desgastadas, medio hundida en las dunas. Había siempre arena en las sábanas, y arañas en la alacena, y la mayoría del tiempo el mar era demasiado frío para nadar en él. Amaba el lugar. Íbamos allí desde que era bebé. Mi mamá había ido aun más. Nunca lo dijo con exactitud, pero sé por qué la playa es tan especial para ella. Era el lugar donde había conocido a mi padre. Conforme nos acercábamos a Montauk, parecía volverse más joven, años de preocupación y trabajo desaparecían de su rostro. Sus ojos se volvieron del color del mar. Llegamos al atardecer, abrimos todas las ventanas de la cabaña e hicimos la limpieza de rutina. Caminamos en la playa, alimentados de frituras de maíz azul a las gaviotas, los remojamos en gelatina de frijoles azules, caramelo azul de agua salada y todas las otras muestras gratis que mi mamá había traído de trabajo. Creo que debí explicar la comida azul. Verán, una vez Gabe le dijo a mamá que no había tal cosa. Tuvieron una pelea, que a la vez parecía realmente una cosa pequeña. Pero desde entonces, mi mamá se dedicó a comer azul. Horneó pasteles de cumpleaños azules. Preparaba smoothies de mora azul. Compraba tostadas azules y llevaba a casa dulces azules de la tienda. Esto – junto a su apellido de soltera, Jackson, en vez de llamarse Sra. Ugliano – probaba que no estaba totalmente consumida por Gabe. Ella tenía su lado rebelde, como yo. Cuando oscureció, hicimos una fogata. Asamos hot dogs y malvaviscos. Mamá me contaba historias de cuando era niña, antes de que sus padres muriesen en el accidente. Me contaba acerca de los libros que quería escribir, cuando tuviese suficiente dinero para renunciar a la tienda de dulces. Eventualmente, me ponía nervioso por preguntar aquello que siempre venía a mi mente cuando íbamos a Montauk – mi padre. Los ojos de mamá se volvieron misteriosos. Supuse que me diría las mismas cosas de siempre, pero nunca me cansaba de escucharlas. —Él era simpático Percy – decía – Alto, guapo y poderoso. Pero también amable. Tú tienes su cabello negro, lo sabes, y sus ojos verdes también Mamá terminó el fríjol de jalea azul de su bolsa de dulces. – Desearía que pudiera verte, Percy. Estaría muy orgulloso Me pregunté como ella podía decir eso. ¿Qué había de grandioso en mí? Un chico con dislexia e hiperactivo, con una D+ en su boleta, expulsado de la escuela por sexta vez en seis años. — ¿Qué edad tenía? – Pregunte – quiero decir… ¿Cuándo se fue?  Miro las llamas. —Sólo estuvo conmigo un verano, Percy. Justo aquí en esta playa. En esta cabaña. —Pero… me conoció de bebé  —No cariño. Supo que estaba esperando un bebé, pero nunca te vio. Tuvo que irse antes de que nacieras. Traté de reemplazarlo con el algo de que parecía recordar... algo acerca de mi padre. Un resplandor cálido. Una sonrisa.  Siempre asumí que me había conocido de bebé. Mamá nunca lo había dicho, y aun así, sentía que era verdad. Ahora que me había dicho que nunca me había visto… Sentí coraje hacia mi padre. Quizá era estúpido, pero me molestaba que se fuera en ese viaje por el océano, y no tuviese las agallas de casarse con mi mamá. Nos abandonó, y ahora estábamos atrapados con el Oloroso Gabe. — ¿Vas a alejarme de nuevo? – Le pregunté - ¿A otra aburrida escuela? Quitó un malvavisco del fuego. —No lo sé, cariño – Su voz sonaba dura – Creo… creo que tendré que hacer algo — ¿Por qué no me quieres cerca? – me arrepentí tan pronto lo había dicho Los ojos de mamá se humedecieron. Me tomó una mano, y la sujeto con fuerza. – OH Percy no. Yo – yo tengo que hacerlo, cariño. Por tu propio bien. Tengo que mandarte lejos. Sus palabras me recordaron lo que es señor Brunner había dicho – que lo mejor para mí era dejar Yancy.  —Porque no soy normal – dije —Lo dices como si fueses algo malo, Percy. Pero me doy cuenta de cuán importante eres. Pensé que la Academia Yancy estaba lo suficientemente lejos. Pensé que finalmente estarías a salvo — ¿A salvo de qué? Me miró a los ojos, y varios recuerdos me inundaron – todas las extrañas y espantosas cosas que me habían pasado, algunas de las que había tratado de olvidar. Durante el tercer grado, un hombre en un abrigo negro me había acechado en el patio de recreo. Cuando los profesores trataron de llamar a la policía, se fue aullando, pero nadie me creyó cuando les dije que bajo su sombrero de ala ancha, el hombre tenía un solo ojo, justo en el medio de su cabeza. Antes de eso – un recuerdo aun más lejano. Estaba en preescolar y un profesor me puso accidentalmente bajo una manta para dormir en una cuna en la que había una serpiente. Mi mamá gritó cuando fue a recogerme y me había encontrado jugando con una cuerda escamosa, que de alguna manera había logrado estrangular a muerte con mis manos de niño. En cada escuela, algo extraño había pasado, algo inseguro, y yo era forzado a cambiarme. Sabía que debía decirle a mi mamá sobre las viejas damas en el puesto de fruta, y de la señora Dods en el museo, acerca de mi extraña alucinación de que había hecho polvo a mi profesor de matemáticas con una espada. Pero no podía obligarme a hacerlo. Tuve el extraño presentimiento de que esas noticias terminarían con nuestro pequeño viaje a Montauk, y no quería eso. —He tratado de mantenerte lo más cerca que he podido – me dijo – Me dijeron que fue un error. Pero sólo hay una opinión, Percy – el lugar al que tu padre quiso mandarte. Y yo sólo… sólo no podía hacerlo. — ¿Mi padre quiso mandarme a una escuela especial? —No a una escuela – dijo suavemente – a un campamento de verano Mi cabeza daba vueltas. ¿Por qué mi padre – quien no se había quedado lo suficiente como para verme nacer – había hablado con mi madre acerca de un campamento de verano? Y si era tan importante, ¿por qué ella no lo había mencionado antes? —Lo siento, Percy – dijo, mirándome a los ojos – Pero no puedo hablar de ello. Yo, yo no podía mandarte a ese lugar. Hubiera significado decirte adiós para bien. — ¿Para bien? Pero si es sólo un campamento de verano… Se giró hacia el fuego, y supe por su expresión que si hacía más preguntas empezaría a llorar.  Esa noche tuve un sueño vívido. Estaba tormentoso en la playa, y dos hermosos animales, un caballo blanco y un águila dorada, estaban tratando de matarse a la orilla de la playa. El águila se deslizó hacia abajo y destrozó los músculos del caballo con sus enormes talones. El caballo se levantó y pateó las alas del águila. Conforme los animales peleaban, la tierra temblaba, y una monstruosa voz se reía desde algún lugar de la tierra, alentando a los animales a pelear más fuerte. Corrí hacia ellos, sabiendo que debía detenerlos para no matarse, pero corría lentamente. Sabía que llegaría tarde. Ví descender al águila, con el pico dirigido a los ojos del caballo, y grité ¡No! Desperté sobresaltado. Afuera, realmente estaba tormentoso, la clase de tormenta que arranca árboles y derribaba casas. No había ningún caballo o águila en la playa, sólo rayos haciendo luz de día falsa, y olas de veinte pies golpeando las dunas como artillería. Con el siguiente trueno, mamá se despertó. Se levanto, con los ojos bien abiertos y dijo – Huracán. Supe que era demente. En Long Island nunca se habían visto huracanes al empezar el verano. Pero el océano parecía haberlo olvidado. Sobre el rugido del viento, oí un sonido distante, un enojado, y torturado sonido que hizo que se me pusieran los pelos de punta. Luego un sonido más cercano, como maletas en la arena. Una voz desesperada – alguien gritando, tocando la puerta de nuestra cabaña. Mi madre se levantó de la cama en su ropa de dormir y fue a abrir la puerta. Grover estaba parado en el marco de la puerta tras la inmensa lluvia. Pero no era… no era Grover exactamente. —Toda la noche buscando – murmuró - ¿Qué estabas pensando? Mí madre me miró asustada – no por Grover, sino por lo que había ido. —Percy – dijo, cerrando para hacerse oír sobre la lluvia - ¿Qué paso en la escuela? ¿Qué es lo que no me has dicho? Estaba helado, viendo a Grover. No entendía lo que estaba viendo. — ¡O Zeu kai alloi theoi! – Gritó – está tras de mí. ¿No le dijiste? Estaba demasiado conmocionado para darme cuenta de que había maldecido en griego antiguo, y lo entendí perfectamente. Estaba demasiado sorprendido preguntándome cómo es que Grover había llegado allí por su cuenta en medio de la noche. Porque Grover no tenia puestos sus pantalones - y donde sus piernas deberían… donde sus piernas deberían… Mi mamá me miró con severidad y habló en un tono que nunca había utilizado antes – Percy. ¡Habla ahora! Yo balbuceaba algo acerca de las damas viejas en el puesto de frutas, y la Sra. Dods, y mi mamá me miró, su rostro palideció a la luz de los relámpagos.  Tomó su bolso, me lanzó mi impermeable, y dijo - Suban al auto, los dos. ¡Ahora! Grover corrió por el Camaro – bueno no corría exactamente. Él estaba trotando, sacudiendo el peludo trasero, y de repente, su historia acerca de un trastorno muscular en sus piernas tenía sentido para mí. Comprendí cómo podía correr tan rápido y aun así cojeaba al caminar. Porque en donde deberían estar sus pies, no los había. Había pezuñas. 

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